Adolfo Cordero Rivera

Esta es una versión electrónica del artículo con el mismo título publicado en el Boletín de la Sociedad Entomológica Aragonesa, 26: 613-617 (1999)

Departamento de Ecoloxía e Bioloxía Animal, Universidade de Vigo, E.U.E.T. Forestal,
Campus Universitario, 36005 Pontevedra, España.

Resumen

En los años sesenta era muy común encontrar en los trabajos científicos, argumentos a favor de la importancia de la selección de grupo en la evolución del comportamiento animal. Sin embargo, actualmente se considera que la selección de grupo no es lo suficientemente potente como para producir la adaptación. Cuando los intereses de los individuos no coinciden con los del grupo o la especie, las adaptaciones individuales prevalencen, incluso si esto da lugar a la extinción del grupo o especie. Este artículo critica algunas afirmaciones recientemente publicadas acerca de la importancia de la selección de grupo a nivel de especie y comunidad ecológica, y muestra la imposibilidad de los argumentos basados en la selección de grupo para producir la adaptación.
Palabras clave: selección natural, niveles de selección, selección de grupo, adaptación.

Introducción

Una famosa definición de la ciencia es aquélla que la identifica con el arte de lo soluble (Medawar, 1967), ya que la ciencia avanza resolviendo cuestiones, y no simplemente planteándolas. Sin embargo, la ciencia no es un sistema de enunciados seguros y bien asentados, ni uno que avance firmemente hacia un estado final (Popper, 1962). El avance científico se produce sólo si las teorías pueden ser sometidas a experimentación, es decir, si se puede comparar el resultado de los experimentos con las predicciones de las teorías y, en caso de desacuerdo, rechazarlas. Se buscaría así otra teoría que sí predijese lo observado, que sería asimismo sometida a nuevos experimentos.

No cabe duda de que la principal teoría para interpretar los fenómenos biológicos es la Teoría de la selección natural. Muchos han dicho que esta teoría es una tautología (un razonamiento circular; para una reciente proposición de esta idea véase Peters, 1991). Esta crítica deriva del uso de la frase “la supervivencia del más apto” en donde el más apto se define como aquel que sobrevive. Si esto fuese así es evidente que la teoría sería siempre cierta. Sin embargo, esta frase es totalmente desafortunada y debería olvidarse (de hecho no fue propuesta por Darwin, sino por Spencer en 1862). La selección natural tiene que ver con la reproducción y no con la supervivencia, y no es una tautología, sino un silogismo, es decir, un argumento que consta de tres proposiciones, la última de las cuales se deduce necesariamente de las otras dos (Endler, 1986):

  • existe una enorme variabilidad entre los individuos de la misma especie, que se transmite mediante mecanismos de herencia;
  • las condiciones ambientales determinan qué individuos son capaces de reproducirse;
  • por lo tanto, las características de los individuos de la siguiente generación están mejor adaptadas al ambiente.

Desgraciadamente, los conocimientos sobre el cambio evolutivo son intuitivamente lamarckistas: si la jirafa necesita un cuello largo, este aparecerá por el uso y pasará a los descendientes (herencia de los caracteres adquiridos), y estas ideas lamarckistas no son modificadas de forma efectiva por la enseñanza secundaria. Incluso en segundo curso de Ciencias Biológicas, dos tercios de los alumnos siguen interpretando la evolución en términos lamarckistas (Jiménez, 1991). Tan grave como esto me parece que biólogos y naturalistas ya formados sigan utilizando argumentos basados en la selección de grupo como medio para explicar supuestas adaptaciones de las poblaciones, especies o incluso ecosistemas. Se asume en estos casos que lo que es beneficioso para el grupo será favorecido por la selección natural, debido a que los grupos que no manifiesten el carácter beneficioso, tendrán mayor tendencia a extinguirse.

Adaptación

Antes de nada deberíamos centrar qué entendemos por adaptación. Existen claramente dos tipos de aproximaciones al concepto de adaptación. Para los estudiosos de la historia evolutiva (particularmente paleontólogos y sistemáticos) la adaptación se define desde un punto de vista filogenético, y es necesario un conocimiento de la filogenia para decidir si un carácter particular es o no una adaptación. Desde este punto de vista, los caracteres son una adaptación sólo si actualmente sirven para la misma función que en su origen, y serían “exaptaciones” si actualmente tuviesen una función diferente (Gould & Vrba, 1982). Según estas ideas se podría afirmar algo tan absurdo como que las alas de las aves no son una adaptación porque originalmente servían para caminar, y ha dado la falsa impresión de que la mayoría de los caracteres de los seres vivos no son adaptativos: todo se debe a la historia previa del linaje (por ejemplo muchos de los “cuentos de hadas” no adaptativos popularizados por S.J. Gould, por usar la misma expresión peyorativa que Gould usa para criticar a los seleccionistas). Para los ecoetólogos y ecólogos evolucionistas las adaptaciones se definen como las características que deberían predominar en la Naturaleza sobre otras concebibles, independientemente de las líneas filogenéticas. Una adaptación es por lo tanto “una variante fenotípica que proporciona la mayor eficacia biológica entre una serie especificada de variantes en un medio determinado” (Reeve & Sherman, 1993). Esto quiere decir que es posible de antemano predecir qué carácter constituirá una adaptación y cuál no. Si el carácter adaptativo no predomina en la naturaleza es un signo inequívoco de que la selección natural no ha producido la adaptación, y por lo tanto habremos demostrado que la teoría es falsa en esas circunstancias. En este caso otras fuerzas evolutivas, que nunca dan lugar a adaptación, serán más importantes: deriva genética (cambios aleatorios de las frecuencias génicas debido a que el número de individuos de la población es pequeño en varias generaciones), cambios recientes en el medio, lastre histórico del linaje (condiciones difíciles de superar debido a adaptaciones anteriores que impiden la aparición de nuevas características, por ejemplo la reconversión en patas de las alas de las aves no voladoras), imposibilidad física de alcanzar la adaptación (por ejemplo mamíferos de 5 mm de tamaño, que perderían demasiado calor corporal debido a la enorme relación superficie/volumen), etc.

La adaptación de los organismos es producida sólo por la selección natural. Endler (1986) realiza una clara revisión de los métodos utilizados para el estudio de la selección natural, entre los que se halla el que se ha denominado “aproximación adaptacionista”. En él se asume como hipótesis de trabajo que un determinado carácter es adaptativo (a nivel individual) o que está o ha estado bajo la influencia de la selección natural. Es decir, la hipótesis nula en este caso es la adaptación, y se procedería planificando experimentos para poner a prueba esta hipótesis. Si los resultados son negativos, se puede argumentar que el carácter en cuestión no es adaptativo, pero eso no puede afirmarse antes de realizar los experimentos. Algunos biólogos, particularmente Gould & Lewontin (1979), han criticado intensamente el uso de este método, insistiendo en que se debe asumir siempre que un carácter no es adaptativo. Sin embargo, esto es un error ya que la hipótesis que será puesta a prueba se sitúa en primer lugar, y puede ser adaptativa o no. Con su insistencia en el uso de métodos que asumen que el carácter no es adaptativo, lo que están consiguiendo es que la hipótesis no adaptativa sea imposible de probar (debido a la estructura de las técnicas estadísticas de contraste de hipótesis, la hipótesis nula, nunca puede ser probada, sólo rechazada). Es esencial usar los dos tipos de hipótesis para explorar la función de los caracteres.

Niveles de selección

Una de las cuestiones más debatidas sobre la evolución orgánica es si la selección natural tiene lugar a más de un nivel de organización. En realidad el debate se centra sobre la importancia relativa de la selección de grupo, la selección individual y la selección de genes, ya que teóricamente la selección puede tener lugar en cualquier nivel de organización que muestre variabilidad, reproducción y herencia. Hasta los años 60, muchos biólogos creían que la selección a nivel de grupos era muy importante en la evolución de las especies. El argumento es que las especies que colaboran hacia un bien común, tendrán una tasa de extinción menor que las especies “egoístas”. Similares argumentaciones, comunes en los escritos biológicos de los años 50-60, son tan absurdas como proponer que las ranas cantan para ayudar a sus congéneres a encontrar el agua, algo que aparentemente algún biólogo se ha tomado en serio. Wynne-Edwards (1962), el máximo exponente de estas ideas, propuso que las poblaciones se autorregulan para evitar sobrepasar la densidad crítica que haría extinguirse a todo el grupo. Por ejemplo, explicó las migraciones de los lemmings como consecuencia de que en la zona se ha alcanzado una densidad insostenible, de ahí que algunos individuos, en beneficio de su grupo, se dispersen (lo cual les lleva a una muerte casi segura). Los grupos de “egoístas”, en los cuales ningún individuo estaría dispuesto a inmolarse por el bien del grupo, sobreexplotarían su ambiente y ello les llevaría a la extinción total por agotamiento de sus recursos. El mismo tipo de argumentación se usa repetidamente para explicar la ritualización de las luchas entre rivales (Lorenz, 1966): es mejor para la especie, se dice, ya que así no se producen bajas, todo se resuelve con un simple intercambio de posturas de amenaza.

Este tipo de argumento tiene un error fundamental: cualquier individuo que no actúe por el bien del grupo tendrá mayor éxito reproductivo y por tanto, debido a la herencia, su comportamiento predominará en las generaciones sucesivas. Los argumentos del tipo “el animal X realiza la acción Y para la perpetuación de su especie” adolecen del mismo error y deberían ser desechados de la literatura científica. Lamentablemente estas ideas están tan arraigadas que se cuelan continuamente en los documentales y libros de divulgación sobre la naturaleza. Incluso ecólogos de la talla de Ramón Margalef caen en esta trampa: “El éxito en la cría es necesario para producir un número apropiado de descendientes y así garantizar la supervivencia de la especie” (Margalef, 1992, p. 14). El número apropiado de descendientes (por ejemplo el tamaño de camada) ha sido seleccionado para maximizar la reproducción individual y no para garantizar la supervivencia de la especie. La adaptación se basa en que cualquier individuo que produzca más descendientes de los que puede criar acabará por tener menor éxito que aquéllos que desde el principio ajustan su descendencia a los recursos disponibles. Si en un grupo se producen demasiados descendientes y se agotan los recursos, el grupo se extingue. Que esto no ocurra habitualmente se debe a las adaptaciones que manifiestan los individuos que pertenecen al grupo. Hay que tener presente que no es lo mismo un grupo de animales adaptados que un grupo adaptado de animales (Williams, 1966).

Parece increíble que la selección de grupo, una idea aparentemente descartada desde los años 60, todavía sea utilizada con frecuencia por los biólogos y naturalistas españoles, lo cual manifiesta una clara deficiencia en la formación básica que reciben en la Universidad. Un reciente libro sobre la biología de las mariposas está plagado de afirmaciones como las que he discutido más arriba, y llega a la osadía de explicar la evolución del aposematismo (coloración de advertencia en los animales tóxicos) como un caso de “selección a nivel de especie”, frase que se usa incluso como título de uno de los capítulos (Masó & Pijoán, 1997). Según los autores de dicho libro, la evolución de la coloración de advertencia sólo se puede explicar a nivel específico porque el animal atacado por un depredador “ingenuo” (que todavía no ha aprendido que los animales aposemáticos son desagradables) muere y no puede beneficiarse de su coloración. Los beneficios son por lo tanto para los demás miembros de su especie. Esta interpretación es plausible pero no está apoyada por la evidencia experimental (Wiklund & Jarvi, 1982). Incluso aunque el animal aposemático muriese siempre al ser atacado por un depredador “ingenuo”, algo que normalmente no ocurre, la evolución de esta coloración podría perfectamente explicarse mediante selección de parentesco (los beneficiados serían los parientes del animal atacado, que comparten los genes para la coloración de advertencia, y no toda la especie). Obras de divulgación como ésta hacen un gran daño a la formación evolutiva de los naturalistas españoles. Para una buena revisión del argumento de la evolución de la coloración aposemática véase Waldbauer (1988). Un mecanismo de selección a nivel de especie sólo podría dar lugar a la aparición de coloración aposemática si la selección actuase extinguiendo especies de un plumazo. El depredador se convierte así en un dios que elige qué especies sobreviven (las aposemáticas) y cuáles no (el resto). Creo que es evidente lo absurdo de dicha idea.

Los animales aposemáticos, como estas avispas, advierten claramente que son peligrosos o desagradables, y los vertebrados aprenden rápidamente a evitarlos. La evolución de esta coloración no se basa en la selección a nivel de especie, ya que la coloración aposemática es ventajosa para el individuo que la porta, bien directamente porque escapa vivo del ataque o bien indirectamente porque sus parientes se benefician de ello.

El problema fundamental de este tipo de argumentación es que se supone que el concepto de especie es un concepto natural y que los individuos actúan en beneficio de este grupo que nosotros denominamos especie. Como Dawkins (1989, p. 10) expone “Es importante preguntarse cómo el seleccionista de grupo decide qué nivel es el importante. Si la selección ocurre entre grupos dentro de una especie, y entre especies, ¿por qué no podría también ocurrir entre grupos mayores? Las especies se agrupan en géneros, los géneros en órdenes, y los órdenes en clases. Los leones y los antílopes son miembros de la clase de los Mamíferos, como nosotros. ¿No deberíamos esperar que los leones se abstuviesen de matar antílopes, “por el bien de los mamíferos”? Seguramente deberían cazar aves o reptiles en su lugar, para evitar la extinción de la clase. Pero entonces, ¿qué hay de la necesidad de perpetuar el fílum completo de los vertebrados?” La reducción ad absurdum del argumento de la selección de grupo debería servir para hacer ver que es internamente inconsistente. La especie, el género o la clase son conceptos humanos. Sólo el individuo tiene realidad tangible en la naturaleza y todos los comportamientos que se pretenden explicar mediante la selección de grupos pueden ser perfectamente explicados mediante la selección de individuos. La evolución del aposematismo se explica perfectamente por el hecho de que los vertebrados tienen una tendencia innata a evitar los alimentos demasiado llamativos, especialmente los que tienen una combinación de negro y rojo, amarillo o blanco (los animales aposemáticos explotan de hecho un sesgo preexistente en el sistema sensorial de los vertebrados); porque los animales aposemáticos no mueren siempre que son atacados (Wiklund & Jarvi, 1982), y porque tienen una clara tendencia a vivir en grupos de parientes. Los animales aposemáticos se benefician del hecho de que sus depredadores han experimentado primero que sus hermanos y hermanas no son palatables, y como consecuencia, aprenden a evitar a cualquier individuo parecido (Fisher, 1930; Waldbauer, 1988). Este hecho permite también la evolución de los animales miméticos que, no siendo venenosos, se benefician de una coloración similar a la de los aposemáticos. Los depredadores atacan a individuos y no a especies y quienes dejan o no descendencia son los individuos. Ciertamente, la reproducción individual da como resultado la supervivencia de las especies, pero esto no es evidencia de que la función de la reproducción sea la supervivencia de las especies.

La existencia de animales aposemáticos permite la evolución de los imitadores, que aparentan ser lo que no son. La coloración de las avispas es imitada por innumerables dípteros, mariposas y escarabajos. Todos estos imitadores han surgido por selección a nivel individual.

Incluso grandes ecólogos actuales cometen el mismo error, algunos probablemente de forma no premeditada (al menos eso espero de la cita anterior de Margalef) pero otros de forma plenamente consciente. Una de las “grandes ideas” de la ecología de los 90, según Odum (1992), adolece de la absurdidad de la selección de grupo, en este caso nada menos que a nivel de comunidad ecológica: “Concepto 6. La selección natural puede ocurrir a más de un nivel.[...] De acuerdo con esto, la coevolución, la selección de grupo y el Darwinismo tradicional son todos parte de una teoría jerárquica de la evolución. La evolución de una especie se ve afectada no sólo por la evolución de las especies con las que interacciona, sino que una especie que beneficia a su comunidad tiene mayor valor de supervivencia que una especie que no lo hace” (el énfasis es mío). Según Odum, la selección actuaría nada menos que eliminando las comunidades donde hay especies “egoístas” frente a las comunidades de especies “bien avenidas”. De la misma manera, el teórico de la ecología humana Hawley (1991, p. 25) asume que es el grupo la unidad de la adaptación, y sorprendentemente dice basarse en lo que los ecólogos han descubierto: “…hay otra lección [...] que aprender de los ecólogos de plantas y animales: una relación que funcione con el medio ambiente se alcanza no por individuos e incluso especies que actúan independientemente, sino mediante una actividad concertada a través de una organización de sus diversas capacidades; es decir, constituyendo un sistema comunal. La adaptación se considera como un proceso colectivo más que individual.” Me pregunto qué fuentes han inspirado esta idea de la adaptación biológica. Todo esto conduce a la ética del “especieísmo”, que normalmente utilizamos en nuestra vida cotidiana cuando ponemos a los individuos de nuestra especie por encima de cualquier otra. De la misma manera, tenemos tendencia a interpretar el comportamiento de otras especies como si cada una de ellas tuviese también su propia ética de la especie, que determina que los individuos actúan por el bien de la especie en su conjunto.

La socialidad en los insectos ha evolucionado repetidas veces, aunque los grupos más importantes son las termitas y las hormigas. Es estas sociedades algunos individuos no se reproducen directamente, pero pasan sus genes a las siguientes generaciones criando hermanos y hermanas. La selección actúa de nuevo a nivel individual.

Desconfiemos de cualquier argumento basado en la selección de grupo. Es lógicamente insostenible porque la selección a nivel individual es mucho más fuerte. Si el comportamiento individual hubiera evolucionado para la perpetuación de las especies, seguramente podríamos encontrar adaptaciones en las especies en vías de extinción, que las llevasen desesperadamente a la búsqueda de sus congéneres, para reproducirse lo antes posible. Los machos territoriales deberían abandonar su lucha y permitir a otros individuos aparearse con “sus” hembras y usar los recursos del territorio, ya que la diversidad genética sin duda beneficiaría a la especie, y el compartir los alimentos haría que todos los miembros de la comunidad viviesen mejor. Como muy bien saben los biólogos de la conservación, desgraciadamente las especies en vías de extinción no cambian su comportamiento para evitarla. La selección natural no puede conseguir una adaptación semejante, ni por supuesto la perfección.

Aunque la Selección Natural tienda a producir adaptaciones, no hay que olvidar que las especies no pueden responder como una unidad y adaptarse. Son los individuos los que consiguen o no adaptarse. La imagen muestra un grupo diverso de insectos hallados muertos en una zona con emanaciones naturales de gases sulfurosos. A pesar de que las especies habitantes de la zona llevan miles o millones de generaciones expuestas a este factor no se han adaptado, sin duda porque los únicos individuos que se han reproducido no estuvieron nunca expuestos a los gases. Por muy lógico que nos parezca que la selección preserve a las especies de la extinción, esto no ocurre nunca si no coinciden los intereses del grupo con los del individuo.

Conclusión

Todos los científicos sin excepción están influidos por ideas preconcebidas a la hora de interpretar los resultados de sus investigaciones, aunque raramente se reconoce. La incapacidad de reconocer que la selección natural no puede dar lugar a la adaptación de grupos se debe sin duda a que de forma ingenua atribuimos todavía a los animales aquellas características que consideramos deseables en la sociedad humana: los grupos constitituidos por individuos fuertes deberían ser más adaptados que aquéllos donde dominan los débiles y enfermos; una población que reparte sus recursos de forma equilibrada estará mejor adaptada que una en la que prevalece la ley del más fuerte; una población constituida por individuos capaces de autoinmolarse por el bien de la comunidad estará mejor adaptada que una dominada por individuos egoístas, etc. (Williams, 1966).

La Selección Natural no da lugar a la perfección. Esta mosca se equivocó al aterrizar y acabó ensartada en una hierba, aunque finalmente consiguió levantar el vuelo.

Algunos científicos han intentado demostrar que la cooperación es “natural” entre los animales, con el específico propósito de argumentar que también lo debería ser en la sociedad humana. Nótese el curioso razonamiento de quienes afirman: “Compartimos el compromiso de elaborar en el futuro una sociedad -socialista- más justa. Y reconocemos que una ciencia objetiva se integra plenamente en la lucha por crear esa sociedad, así como también creemos que la función social de la mayor parte de la ciencia actual es evitar la creación de esa sociedad mediante la preservación de los intereses dominantes, tanto en clase como en género y raza” (Lewontin, Rose & Kamin, 1989). Lewontin, Rose & Kamin (1989, p. 9) critican a los deterministas biológicos por estar influidos por las ideologías en su interpretación de la naturaleza y paradójicamente asumen que una ciencia objetiva debe llevar a una sociedad socialista. En la sociedad humana la selección natural ya no es la fuerza principal de organización, pero sí lo es en los animales y plantas. No caigamos en la tentación de atribuir nuestra escala de valores a la Naturaleza.

Bibliografía

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· En sus obras, da a entender que la emancipación sexual es menos la revelación de las verdades profundas sobre uno mismo o su deseo que en un elemento en el proceso de delineación y construcción del deseo. ¿Qué consecuencias prácticas se derivan de esta precisión?

Lo que quería decir es que, a mi juicio, el movimiento homosexual tiene más falta de un arte de vivir que de una ciencia o un conocimiento científico (o pseudocientífico) de lo que es la sexualidad. La sexualidad forma parte de nuestro comportamiento, es un elemento más de nuestra libertad. La sexualidad es obra nuestra – es una creación personal y no la revelación de aspectos secretos de nuestro deseo-. A partir y por medio de nuestros deseos, podemos establecer nuevas modalidades de relaciones, nuevas modalidades amorosas y nuevas formas de creación. El sexo no es una fatalidad, no; es una posibilidad de vida creativa.

· ¿Qué opinión le merece la extraordinaria proliferación, en estos diez o quince últimos años, de las prácticas homosexuales masculinas, la sensualización de ciertas partes del cuerpo, hasta ahora ocultas o la aparición de nuevos deseos?. Estoy pensando, por supuesto, en los aspectos más llamativos de lo que conocemos como circuito del cine porno, las salas sadomasoquistas o el fist-fucking? ¿Se trata de una simple transposición, en otro ámbito, de la proliferación general de los discursos sexules desde el siglo XIX o más bien de un proceso distinto propio de este concreto contexto histórico?

Verdaderamente, de lo que nos interesa hablar más es de las innovaciones que llevan consigo estas prácticas. Consideramos la subcultura sadomasoquista, por usar una locución cara a nuestra amiga Gayle Rubin. No creo en absoluto que esa multiplicación de prácticas sexuales guarde ninguna relación con la actualización o la revelación de tendencias sadomasoquistas escondidas en el profundo de nuestro inconsciente. El sadomasoquismo es mucho más; es la creación efectiva de nuevas e imprevistas posibilidades de placer. La creencia de que el sadomasoquismo guarda relación con una violencia latente, que su práctica es un medio para liberar esa violencia, de dar rienda suelta a la agresividad es un punto menos que estúpida. Es bien sabido que no hay ninguna agresividad en las prácticas de los amantes sadomasoquistas; inventan nuevas posibilidades de placer haciendo uso de ciertas partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo. Se trata de una suerte de creación, de proyecto creativo, una de cuyas notas destacadas es lo que me permito denominar desexualización del placer. La creencia de que el placer físico procede simplemente del placer sexual y de que el placer sexual es la base de cualquier posible placer es de todo punto falsa. Las prácticas sadomasoquistas lo que prueban es que podemos procurarnos placer a partir de objetos extraños, haciendo uso de partes inusitadas de nuestro cuerpo, en circunstancias nada habituales, etc.

· La identificación entre placer y sexo está pues superada.

Así es. La posibilidad de hacer uso de nuestro cuerpo como fuente de una pluralidad de placeres reviste una enorme importancia. Si nos atenemos a la construcción tradicional del placer, comprobamos que los placeres físicos o carnales tienen su origen siempre en la bebida, en la alimentación y en el sexo. A mi juicio, ahí quiebra nuestra inteligencia del cuerpo, de los placeres. Es desesperante, por ejemplo, que no consideremos el problema de las drogas más que desde el punto de vista de la libertad o de la prohibición. Las drogas deben convertirse en un elemento cultural.

· ¿Cómo fuente de placer?

Por supuesto, como fuente de placer. Debemos conocer las drogas, probar las drogas; producir buenas drogas, que induzcan placeres intensos. El puritanismo que reina en relación con las drogas – un puritanismo que obliga a estar a favor o en contra- es un craso error. Las drogas son parte integrante de nuestra cultura: igual que existe buena y mala música, hay buenas y malas drogas. E igual que sería estúpido decir que estamos contra la música, es estúpido decir que estamos contra las drogas.

· No se trata sino de sondear el placer y todas sus posibilidades.

Exacto. El placer debe también formar parte de nuestra cultura. No está de más señalar que desde hace siglos, la mayoría de las personas – incluidos también médicos, psiquiatras y hasta los movimientos de liberación- vienen hablando del deseo, nunca de placer. “Debemos liberar nuestro deseo”, afirman. ¡No!. Debemos crear placeres nuevos: acaso surja entonces el deseo.

· ¿Qué significado puede tener que algunas identidades se constituyan con base en las nuevas prácticas sexuales como el sadomasoquismo?. Esas identidades estimulan la exploración de nuevas prácticas; preservan el derecho pleno del individuo a cultivar su identidad. ¿Pero no limitan también sus posibilidades?

Veamos. Si la identidad consiste en un juego, en un procedimiento para fomentar relaciones sociales y de placer sexual que determinen nuevos vínculos amistosos, entonces es útil. Ahora bien, si la identidad se convierte en el problema capital de la vida sexual, si la gente cree que ha de descubrir su propia identidad y que esta identidad ha de erigirse en norma, principio y pauta de existencia; si la pregunta que se formulan de continuo es: “¿Actúo de acuerdo con mi identidad?”, entonces retrocederán a una especie de ética semejante a la de la virilidad heterosexual tradicional. Si hemos de pronunciarnos respecto a la cuestión de la identidad, hemos de partir de nuestra condición de seres únicos. Las relaciones que debemos trabar con nosotros mismos no son de identidad, sino más bien de diferenciación, creación e innovación. Es un fastidio ser siempre el mismo. No debemos descartar la identidad si a través de ella obtenemos placer, pero nunca debemos exigir esa identidad en norma ética universal.

· Asunto que suscita la cuestión de determinar de que modo y hasta que punto un individuo – o una individualidad- sujeto a dominio puede articular un discurso propio. En el análisis tradicional del poder, el elemento omnipresente a partir del cual se realiza el análisis es el discurso dominante: el resto, las reacciones al mismo, en su seno, anteriores, no son sino elementos secundarios. Sin embargo, si por “resistencia” en el interior de las relaciones de poder entendemos algo más que una mera negación sería lícito afirmar que algunas prácticas- el sadomasoquismo lésbico, sin ir más lejos- no son mas que el modo en que unos sujetos sometidos articulan un lenguaje propio?

La resistencia es un elemento de la relación estratégica en que consiste el poder. La resistencia en efecto parte de la situación con la que se enfrenta. En el movimiento homosexual, la noción médica de la homosexualidad ha constituido un instrumento de enorme importancia para combatir la opresión de que era objeto la homosexualidad a finales del siglo XIX y principios del XX. Tal proceso de medicalización, que era un medio de opresión, fue también un elemento de resistencia porque podían argumentar: “Si no somos más que enfermos ¿a qué vuestro desprecio y vuestras condenas?”, etc. Desde luego, ese discurso se nos antoja hoy sumamente ingenuo, pero en ese momento tuvo una enorme importancia.

En cuanto a las lesbianas, el hecho de que las mujeres, según creo, hayan permanecido durante siglos aisladas socialmente, truncadas vitalmente, marginadas de múltiples formas, les ha proporcionado una posibilidad real de constituir un medio social, de establecer un tipo específico de relación social, al margen del mundo masculino. El libro de Lilian Faderman “Surpassing The Love of Men” es, a este propósito, extremadamente interesante. Plantea la cuestión de determinar el tipo de experiencia emocional, de relaciones que podían verificarse en un ámbito en el que las mujeres carecían de poder social, legal o político y termina afirmando que las mujeres han aprovechado ese aislamiento y esa ausencia de poder.

· Si la resistencia es el proceso para liberarse de las prácticas discursivas, podría decirse que el sadomasoquismo lésbico es una de las prácticas que, prima facie, con mayor legitimidad pueden calificarse de prácticas de resistencia. ¿Hasta que punto esas prácticas y esas identidades pueden ser consideradas como una réplica del discurso dominante?

Lo más interesante del sadomasoquismo lésbico es que ha conseguido desprenderse de algunos estereotipos femeninos presentes en el movimiento de lesbianas- una estrategia que las lesbianas elaboraron en tiempos pasados. Estrategia que se basaba en la opresión de que eran objeto las lesbianas y que el movimiento empleaba para combatir esa opresión. En la actualidad, esos elementos están trasnochados. El sadomasoquismo lésbico trata de desprenderse de todos los caducos estereotipos de la feminidad, de las actitudes de rechazo a los varones, etc.

· ¿En su opinión, que pueden revelarnos sobre el poder – y además sobre el placer las prácticas sadomasoquistas cuya esencia es la erotización expresa del poder?

El sadomasoquismo, como bien dice, es la erotización del poder, la erotización de las relaciones estratégicas. Lo más chocante del sadomasoquismo son sus abismales diferencias con el poder social. El poder se caracteriza porque constituye una relación estrategica que reside en las instituciones. La movilidad, dentro de las relaciones de poder, es sumamente reducida; ciertos bastiones son de todo punto inexpugnables porque se han institucionalizado, porque tienen un influjo perceptible en los tribunales, en la legislación. Las relaciones estratégicas interindividuales se caracterizan por su extrema rigidez.

El sadomasoquismo es, a este propósito, sumamente interesante ya que pese a tratarse de una relación estratégica se caracteriza por su flexibilidad. Hay claro está, dos papeles pero nadie ignora que esos papeles pueden intercambiarse. En ocasiones, al comienzo del juego uno es el amo y otro es el esclavo y al final el que era esclavo pasa a ser el amo. O incluso cuando los papeles son permanentes, los actores saben perfectamente que se trata de un juego, ya se cumplan las normas, ya exista un acuerdo, tácito o expreso, por el que se establecen ciertos límites. Este juego de estrategias reviste un enorme interés como fuente de placer físico. Pero no me atrevería a decir que se trata de una repetición, en la esfera de la relación erótica, de la estructura de poder. Es una representación de las estructuras de poder a través de un juego de estrategias capaz de proporcionar un placer sexual o físico.

· ¿Cuáles son las diferencias entre ese juego de estrategias en la sexualidad y en las relaciones de poder?

La práctica del sadomasoquismo termina por introducir un placer, que a su vez hace nacer una identidad, razón por la cual el sadomasoquismo es una auténtica subcultura; es un proceso inventivo. El sadomasoquismo consiste en la utilización de una relación estratégica como fuente de placer (de placer físico), hecho este, el de hacer uso de las relaciones estratégicas para proporcionar placer, que se ha producido en otras ocasiones. Ya en la Edad Media, la costumbre del amor cortesano, con el trovador, el cortejo entre la dama y el galán etc., era también un juego de estrategias. Tipo de juego que puede advertirse actualmente entre los jóvenes que frecuentan las salas de baile los sábados por la noche; incorporan relaciones estratégicas. El interés radica en que la esfera heterosexual, las relaciones estratégicas preceden al sexo; se justifican para llegar al sexo. En el sadomasoquismo, por el contrario, las relaciones estratégicas son parte integrante del sexo, un convenio de placer en el marco de una situación específica.

En el caso, las relaciones estratégicas son relaciones nítidamente sociales que afectan al individuo en tanto que miembro de la sociedad; mientras que en el otro lo que está en cuestión es el cuerpo. El interés radica precisamente en esa transposición de las relaciones estratégicas que pasan del ritual corporal al plano sexual.


· En una entrevista concedida por usted hace uno o dos años a la revista “Gai Pied” afirmaba que lo que más perturba de las relaciones homosexuales no es tanto el acto sexual como la posibilidad de que se desarrollen relaciones afectivas que no se amolden a los esquemas normativos; esto es, vínculos y tratos amistosos desconocidos hasta ahora. ¿Cree usted que la sociedad teme las virtualidades ignoradas de las relaciones homosexuales o que acaso estas son vistas como una amenaza directa para las instituciones sociales?

Actualmente, la cuestión de la amistad acapara toda mi atención. Desde la antigüedad, la amistad ha constituido una relación fundamental; una relación social en cuyo ámbito los individuos contaban con cierto margen de libertad, con cierta capacidad de elección (limitada, sin duda) que les permitía experimentar relaciones afectivas sumamente intensas. La amistad tenía también implicaciones económicas y sociales – la persona estaba obligada a socorrer a los amigos, etc. En los siglos XVI y XVII va desapareciendo este tipo de amistad, al menos en la sociedad masculina, y va convirtiéndose en algo distinto. Desde el siglo XVI, encontramos escritos en los que se critica expresamente la amistad, tenida como un foco de peligros.

El ejército, la burocracia, la administración, las universidades, las escuelas, etc.- en el sentido que tienen estos términos en la actualidad- encuentran un obstáculo en amistades tan intensas. En todas estas instituciones, se advierte una considerable actividad para disminuir o debilitar esas relaciones afectivas, señaladamente, en las escuelas. Uno de los problemas más acuciantes que se planteaban, a la hora de abrir nuevas escuelas, a las que debían acudir centenares de niños, era el de impedir no sólo que tuvieran relaciones físicas, sino incluso que trabaran amistad. A este fin, sería sumamente interesante analizar la estrategia desplegada por los jesuitas en sus establecimientos, los cuales, tras comprobar la imposibilidad de anular la amistad, trataron de controlar simultáneamente las distintas funciones que tenían el sexo, el amor, la amistad, a fin de limitar sus efectos. Una vez estudiada la historia de la sexualidad, deberíamos intentar explicar la historia de la amistad o de las amistades, en plural, una historia que se revelaría sumamente interesante.

….
Traducción del inglés de Luis Cayo Pérez Bueno.

“Y cuando después de mediodía
Por Fontainebleau
Llegamos a París
En el momento en que se fijaban los carteles de la movilización
Mi camarada y yo comprendimos
Que el pequeño automóvil nos había conducido a una nueva época
Y a pesar de que ambos éramos ya hombres maduros
Acabábamos de nacer”.

El pequeño automóvil, Apollinaire

El automóvil, símbolo para muchos de la guerra imperialista, es paradójicamente uno de los instrumentos que ha traído la paz a Occidente. O, mejor dicho, una forma de pacificación. A partir de la segunda Guerra Mundial las clases trabajadoras en Europa y Estados Unidos fueron ascendiendo poco a poco los peldaños hacia un consumo normalizado de mercancías: vivienda urbana, electrodomésticos, refrescos, comida industrial, cine, televisión y, por encima de todo, el automóvil y la posibilidad del autotransporte dentro de una red de carreteras cada vez más amplia.

Es difícil valorar hasta que punto la automovilidad ofrecida por el coche privado ha servido de recurso compensatorio para enormes sectores de la población. El automóvil da forma a la libertad en el mundo de hoy, ya que otorga al individuo un medio accesible de traslación de un lugar a otro en una unidad de tiempo relativamente breve. La edad contemporánea ha liberado la posibilidad del movimiento en unas dimensiones jamás conocidas.

Resulta fácil establecer un juicio sobre el automóvil como aparato que sirve al mismo tiempo a la guerra y a la paz. Por decirlo de alguna manera, la estructura social y económica de la automovilidad formaría una organización de retaguardia en una guerra mundial de control por los recursos energéticos y las materias primas. La tranquilidad social alcanzada en occidente descansa en buena manera sobre la expansión de una economía interior que sería imposible sin tener a disposición una red de transporte motorizado como la que conocemos. Aunque es imposible ignorar todo esto, raramente se saca de ello todas las consecuencias.

En un folleto traducido no hace mucho al francés, Automobile, pétrole, impérialisme1, su autor, después de desglosar algunos lugares comunes sobre la relación entre automóvil, petróleo, desastre ecológico y guerra internacional, llegaba a sugerir que «en los años venideros desconectarse del complejo industrial petróleo-automóvil será a la vez necesario y revolucionario». Incluso aunque el autor de este texto esté anclado en la jerga tercermundialista de los años sesenta, al menos reconoce que la ansiedad por sustituir el viejo automóvil de gasolina por el coche eléctrico o de otro tipo se verá frustrada por la emergencia de recursos que sacudirá el mundo. La cuestión a plantear es si conviene separar la crítica del automóvil, es decir, de la movilidad privada, de la crítica de la movilidad y el transporte en general, como hace este autor, demasiado optimista, a nuestro juicio, sobre las posibilidades del transporte colectivo.

Es cierto, por otro lado, que el desarrollo de la automovilidad era esencial para fiscalizar una actividad tan básica como es el desplazamiento. Al hacer del desplazamiento una norma, la capacidad para valorizar el transporte se multiplicaba al infinito, y con ello se daba vida a una nueva forma de economía, ampliando sus límites y su densidad. La doctrina de la automovilidad está en gran manera basada sobre la concentración productiva, la planificación urbana y la especialización laboral. Sin embargo, esto significa sólo un primer paso de la automovilidad. Es posible recordar todavía los grandes centros urbanos y fabriles donde la automovilidad era aún en gran parte colectiva. A partir de Ford, no obstante, comienza a desarrollarse una nueva época, la de la automovilidad privada, gran salto antropológico, si se nos permite la expresión, que culminará en los años cincuenta del pasado siglo, con la extensión del uso del coche a los jóvenes y adolescentes, el apogeo de la publicidad automovilística, las grandes congestiones de tráfico, los efectos contaminantes, las estadísticas de muerte por accidente, etc. El automóvil privado había conquistado su lugar en la historia.

En 1958, el historiador Lewis Mumford alertaba sobre los peligros patentes de la motorización privada en Estados Unidos. En un artículo publicado aquel año comenzaba diciendo:

Cuando el pueblo americano, a través de su Congreso, votó recientemente –1957– para un programa de autopistas de veintiséis mil millones de dólares, lo más compasivo es asumir que con este acto no tenían la más remota idea de lo que estaban haciendo. En los próximos quince años sin duda se darán cuenta; pero para entonces será demasiado tarde para corregir todo el daño que este programa, mal concebido y absurdamente desequilibrado, habrá causado a nuestras ciudades y zonas de campo.

Y Mumford añadía más abajo:

Pues el modo de vida americano de hoy día está fundado no sólo en el transporte de motor sino en la religión del coche, y los sacrificios que las personas están preparadas para hacer por esta religión superan los límites de la crítica racional. Tal vez la única cosa que podría hacer entrar en razón a los americanos sería una clara demostración del hecho de que su programa de autopistas, finalmente, barrerá el mismo espacio de libertad que el coche privado prometía concederles.2

A finales de los años cincuenta, Mumford observaba con inquietud el devastador crecimiento de las ciudades americanas, ampliadas irracionalmente dentro de los circuitos de desplazamiento motorizado, atravesadas o circundadas por redes de autovías que las convertían en infiernos invivibles. El transporte motorizado automóvil se había desarrollado a costa de cualquier criterio de sensatez, imponiéndose sobre la necesidad de transporte y convirtiendo ésta en una falsa necesidad más de la era industrial. Mumford, humanista y reformador, todavía albergaba esperanzas de que la cultura urbana pudiera combinarse aún con un hábitat campestre y apacible, donde el acto de caminar no estuviera proscrito o marginado por los otros medios de transporte.

Conviene recordar que fue por aquella época, concretamente en el año 1957, cuando se publicaba en Norteamérica la memorable novela de Jack Kerouac, On the Road3, recuento desenfrenado de algunos años de la vida de su autor y sus amigos. En sus páginas se mostraba, tal vez por vez primera, el vínculo entre libertad y movilidad asociado a la nueva generación. La novela recreaba los viajes «costa a costa» realizados sin descanso por un grupo de gente que se sentían al margen de una sociedad que, sin embargo, les había impuesto la movilidad como condena. Es en ese tiempo cuando se creó la épica de una autonomía entendida como posibilidad de desplazamiento incesante.

Se tardaría algunos años en advertir la trampa letal a la que había sido conducida la población desarraigada de las nuevas ciudades industriales de Norteamérica. En uno de sus últimos libros, el ya amargado, reaccionario y alcoholizado Kerouac, poco antes de morir, se lamentaba de la deshumanización que había creado la vida industrial y mecanizada de su querido país y se preguntaba: «Dime una cosa: ¿por qué hoy día la gente tiene ese modo de andar con los hombros hundidos y arrastrando los pies? ¿Se debe a que están acostumbrados a andar únicamente cuando cruzan los aparcamientos? ¿Les ha llenado el automóvil de tanta vanidad que caminan como una panda de matones haraganes sin destinos concreto?»4.

Cincuenta años después de las palabras de Mumford y de la novela de Kerouac podemos comprobar que las ciudades, en relación con las vías de transporte, han continuado su crecimiento irracional. La concentración de servicios ha continuado su hipertrofia y las ciudades se han hecho inmensas, absorbiendo las barriadas y pueblos de la periferia, aumentando la complejidad de las redes de acceso y convirtiendo los espacios urbanos en lugares indeseables para vivir. Si muchos de los antiguos problemas no se han resuelto, otros nuevos han venido a situarse a su lado.

La crítica ecológica del automóvil y el transporte mecanizado sigue presa en lo que podríamos calificar como «planificación aceptable». Es decir, que ante los excesos y abusos causados por el autotransporte en nuestras vidas y entornos, se proponen medidas parciales o posibilidades de alivio, y no se abordan cuestiones de raíz. O, al contrario, se abordan soluciones globales, con visos de radicalidad, pero en el limbo de la omnipotencia tecnológica. En uno de los primeros estudios críticos sobre la movilidad, el transporte y el automóvil, publicado a comienzos de los años setenta por Patrick Rivers, un activista ecologista, La generación inquieta. Una crisis de la movilidad5, su autor citaba la serie de propuestas del manifiesto Blueprint for Survival, entre ellas, la «creación de un nuevo sistema social». En primer lugar, no deja de tener gracia que la creación de un nuevo sistema social se ponga dentro de una lista, como una propuestas más… cuando lo cierto es que ésta sería más bien la propuesta, a la que cualquier otra medida o sugerencia tendría que pagar tributo. En efecto, ¿cómo hablar de restablecer el equilibrio demográfico o cambiar la economía de recursos dentro de este sistema social? La posibilidad de una transformación técnica, económica y organizativa nos remite siempre a la incógnita de una revolución desconocida, imposible por ahora de racionalizar. Escribía Rivers: «El impacto que una descentralización ocasionaría en los transportes y en los viajes sería impresionante. Con la industria y la agricultura localizadas, las distancias de la comunidad disminuirían y habría menos necesidad de transportar géneros entre las poblaciones. Con la planificación de una comunidad compacta se podrían hacer a pie la mayor parte de los viajes o por medio del transporte público, etc., etc.»

Rivers asume además que esta gran descentralización será acompañada de una gran revolución tecnológica, en especial, de las telecomunicaciones, que ayudará a completar esta utopía social de una sociedad de movilidad razonable: «El perfeccionamiento de las telecomunicaciones podría aliviar la presión que sufre Londres y otros grandes centros como sitio óptimo para establecer la sede de cualquier organización, ya sea gubernamental, industrial, educativa». Por lo que parece la imaginación ecologista no ha conseguido, desde el principio, separarse de la ley de la gravedad del poder, incapaz de concebir que la organización social emprenda otro rumbo que no sea concéntrico. Así mismo, la contradicción de una cultura material sostenida masivamente por las redes inmateriales de procesamiento de información sigue siendo la gran asignatura pendiente de los nuevos reformadores sociales. Entre ellos, figuran los representantes de la llamada «ecología social» de hoy. Citaremos un fragmento encontrado en un dossier dedicado a la cuestión y editado recientemente:

Lo justo es que el Estado garantice el derecho a la movilidad con unos buenos sistemas de transporte público, a los que las personas con menos recursos puedan tener un acceso tan subvencionado como sea necesario para garantizar sus derechos, con los diversos mecanismos posibles.6

Más abajo su autor cita algunas «experiencias de restricción al coche en las ciudades». Nos habla de ciudades como Múnich, Oslo, Ámsterdam, Berlín, Roma, Bolonia, Copenhague, Viena, etc. En todas estas ciudades se han dado pasos, según el autor, para limitar el tráfico de coches y hacer ciudades más transitables.

Estas citas demuestran que el ecologismo de hoy concede al Estado el protagonismo para efectuar cualquier cambio en la vida colectiva. En segundo lugar, el hecho de que se presenten algunas de las ciudades más ricas del mundo, auténticos centros de poder bancario y burocrático, como ejemplos de políticas de limitación a una automovilidad abusiva, nos dice mucho del imaginario ecologista de hoy. Realmente las posibilidades son aterradoras: para el ecologismo actual ya sólo el Estado y el neocapitalimo centralizado pueden ser los agentes de transformación social.

Queda por decir que la crítica del transporte y del automóvil es inseparable de la crítica del Estado, del centralismo productivo, de la tecnología industrial y de la vida cotidiana. Así mismo, y si queremos ser consecuentes, replantearnos el transporte y la movilidad implica un serio cuestionamiento no sólo de nuestro modo de vida, sino de las actuaciones que seguiremos para orientar un cambio social radical. El ecologismo de Estado, el ecologismo fascinado por el capitalismo ambiental de los países ricos, el ecologismo de la planificación, constituye hoy un enorme obstáculo para que se puedan desarrollar perspectivas de acción y organización colectiva opuestas a las tendencias destructivas actuales.

Pero desde el punto de vista del empleo de la energía la automovilidad motorizada se convierte además en un imposible para la supervivencia. Mumford clamaba todavía, con cierta ingenuidad, por coches eléctricos de reducido tamaño. Pero la cuestión vital consiste en preguntarse si la automovilidad motorizada es algo más que una necesidad creada, con un precio imponderable. Resulta cómico que al coche se le nombre «automóvil», cuando de todos los medios de traslación de la historia humana, quizá sea el menos dotado de autonomía. En efecto, el llamado automóvil, como mero artefacto, se inserta dentro de un orden técnico y económico que necesita movilizar increíbles fuerzas materiales, políticas, ingenieriles, legislativas, etc., para poder circular por una carretera.

Su capacidad de movimiento autónomo es una ficción que ha necesitado transformar el mundo, hacerlo a su medida, para que resulte creíble. La expansión interior del vehículo automóvil se acompaña por una violencia creciente en los límites externos de la vida social y económica (contaminación mortífera, accidentes, guerra, inflación, derroche energético, alienación, etc.,). Es decir, que a medida que se consolida el uso del automóvil en la vida diaria de las poblaciones de muchos países, crece la espiral de absurdos amenazantes de la economía política del automóvil, sin ver que los costes que se acumulan por dicho uso no son externos, sino que conforman el carácter suicida de la movilidad y el transporte de la sociedad contemporánea.

Cuanto más cotidiano, cercano, hogareño y práctico se vuelve el automóvil más nos oculta el perímetro destructivo que difunde. La automovilidad ficticia que proporciona el automóvil oculta la peligrosidad y la dependencia que constituye nuestro mundo moderno, sometido a los imperativos despóticos de dicha autonomía. La energía empleada, de manera global, en la actividad de transporte de personas y mercancías constituye además un inmenso dislate social y económico, pero dado que además dicha energía proviene de fuentes agotables, el absurdo se revela mayor, al aceptar que el elemento dinamizador de la actividad económica, el transporte motorizado, tiene un futuro más que sombrío. Por otro lado, es un lugar común constatar que la participación muy importante en la contaminación biosférica del transporte motorizado barre cualquier duda que pudiera quedar en cuanto a la rentabilidad de dicho medio de transporte. La automovilidad no ha surgido de ninguna necesidad común, consensuada, racional, que una sociedad determinada pudiera plantearse, ha sido sólo un lujo demencial ejercido por las poblaciones de ciertas zonas de los países desarrollados, a costa del saqueo de otras poblaciones y zonas naturales, y a costa también de la propia alienación a un objeto de consumo suntuario.

La automovilidad ha sido el privilegio de una sociedad embriagada de poder, una guerra relámpago que ha durado poco más de un siglo y que ha hecho más profunda la brecha de la iniquidad y del deterioro físico del entorno. Y decimos premeditadamente «ha sido», pues aunque la automovilidad pueda todavía prolongar su reinado durante algunas décadas, su existencia está herida de muerte: a pesar de los esfuerzos descomunales de la propaganda apologética, la automovilidad ha recorrido ya hasta el final su trayecto de destrucción. En torno al automóvil se ciernen ya los demonios desatados que preparan su final (encarecimiento del combustible y caos ecológico, sobre todo). El automóvil ha sido la máquina de guerra que ha envuelto al occidente desarrollado en una paz autoindulgente e insensata: la paz del week-end, de la escapada en automóvil hacia la playa o la montaña, la paz blindada por el control armado de países remotos.

La extensión del automóvil ha profundizado un sistema de vida cada vez más ajeno a los efectos de la economía de guerra que aquel necesita para su mantenimiento. Esta situación desplegará inevitablemente todas sus contradicciones a lo largo del presente siglo.

1 Hosea Jaffe, Parangon 2005, publicado originalmente en italiano.

2 Extraído del artículo que da título a su libro The Highway and the City, Mentor Books, 1964.

3 En el camino, trad. de XX, Anagrama, XX.

4 La vanidad de los Duluoz, trad. de XX, Anagrama, 1997.

5 Trad. de XX, Plaza&Janés, 1974.

6 Del artículo «Ideas para cambiar nuestra hipertrófica e insostenible movilidad: alternativas al coche», escrito por un miembro de Ecologistas en Acción y publicado dentro del conglomerado de revistas La Lletra A, Ecologista y Libre Pensamiento: Vivir dignamente es un derecho. Creando alternativas, invierno de 2006-07.

LA CORRIENTE DOMINANTE, EL ANARQUISMO DE ESTADO.

El anarquismo de estado es la corriente hegemónica (ser hegemónico ya es un mal principio) en el anarquismo del Estado Español y por su peso histórico esta corriente ha influido decisivamente en el anarquismo mundial y ha retrasado, de una manera difícil de determinar, el desarrollo de prácticas y de bases de pensamiento necesarias para acabar con el sistema. El actor mayoritario, pero no el único ni el principal, del anarquismo de estado ha sido la organización anarcosindical, organización definida como no anarquista, democrática y gradualista.
La principal característica del anarquismo de estado es su pretensión de heredar el sistema actual para “gestionarlo bien”, de ahí que su única elaboración modernizada sea la autogestión, entendida como la gestión directa, mediante la democracia directa, del mundo actual. Además el anarquismo de estado preconiza una organización del presente en función del futuro, ¿¿cómo será ese futuro, si su presente está lleno de secretarías generales, votaciones, escisiones y expulsiones…??.
Así pues, los municipios actuales, los barrios dormitorios, las fábricas de armas y productos químicos, las minas, las fundiciones, las explotaciones agrícolas industriales y transgénicas, los criaderos de vacas locas…. serán gestionados correctamente, por comités de colectivización correctamente elegidos, que impondrán ritmos y horarios de trabajo aprobados autogestionariamente, la contaminación reducida paulatinamente y lo más importante, las tecnologías desarrolladas para y por la dominación, en sus buenas manos, se convertirán mágicamente en instrumentos de liberación.
Al fijarse como objetivo la gestión de un sistema centralizador, es necesario diseñar una macroorganización de comités delegados, las clásicas Confederaciones Ibéricas de Comunas, Confederaciones Continentales de Comunas hasta llegar a la Confederación Mundial de Comunas. Imaginamos que todo ello con Comisiones logísticas, estadísticas de gestión delegada, con un sistema contable común y, a ser posible, un idioma común … siguiendo la repugnante consigna de que “la anarquía no es el caos, sino la más alta expresión del orden”.
En el fondo nos encontramos con una incapacidad absoluta de concebir un mundo distinto del actual, y de este modo la rebeldía, un sentimiento anarquista, se vuelca en ver como podemos gestionar antiautoritariamente este mundo autoritario, no en como construir un mundo sin autoridad.
Tendremos pues delegaciones, directas, pero delegaciones, comités de colectivización, comités de coordinación, logísticos, de estadística, técnicos especialistas competentes (para vigilar los artefactos tecnológicos y el cumplimiento de los acuerdos), especialistas y gestores, en suma PODER y AUTORIDAD.

¿POR QUÉ TENEMOS TANTAS DIFICULTADES EN CONCEBIR UN MUNDO SIN AUTORIDAD?

Vivimos rodeados de la miseria, y sin embargo, todos hemos escuchado y todos somos partícipes de la idea de que siempre habrá pobres y ricos, poderosos y humildes, listos y tontos, habilidosos y torpes, extrovertidos y apocados, altruistas y aprovechados, vivales y pringados …
Este es un lastre que hemos mamado en la familia, consolidado en las instituciones de aprendizaje (escuela, primer trabajo, calle, pandilla) y, por supuesto a lo largo de toda una vida regulada por el orden del reloj y la continua sumisión, desde al presidente del gobierno al inspector del metro.
Pero no es sólo esto: el lastre trasciende nuestras cortas vidas, arrastramos los grilletes de una domesticación de siglos (7.500, 10.000, 20.000… años). No somos capaces de ver el mundo maravilloso de plenitud y goce en el que podríamos vivir, y sólo vemos posibles los tonos grises y anodinos de las metas alcanzables, porque llevamos las anteojeras de la domesticación. Y, desdichadamente, lo que llamamos “alcanzable” no son ni siquiera migajas: las rentas básicas, los ingresos sociales, los presupuestos participativos, la cogestión …. No dejan de ser piezas de un laberinto por el que no vamos a ninguna parte, por el que permanecemos en la dominación y la explotación.

LA POLÉMICA SOBRE LA TECNOLOGÍA

La polémica sobre la tecnología es fácilmente ridiculizable (anarco-pedro-picapiedra), sobretodo con la poco afortunada etiqueta de primitivismo; pero no afrontarla evidencia que realmente no se quiere llegar a ninguna parte y que sólo se busca una cierta “profundización” de la democracia: una democracia avanzada, un industrialismo blando, un control benevolente…
Los anarquistas defensores de la civilización tecnológica olvidan que esta es el resultado de siglos de selección a favor de las formas de dominio y de opresión más eficaces y que en el camino se quedaron aquellas prácticas que favorecían la autonomía o se enfrentaban directamente al poder.
Por ejemplo, hoy la mayoría hemos perdido las habilidades de procurarnos directamente la comida, no sabemos ni prepararla, ni siquiera los agricultores saben ya trabajar de un modo autónomo. Así hemos perdido una cosa (que para muchos seria una tecnología) y su lugar ha sido ocupado por el complejo de artefactos, productos químicos, transmutados genéticos, maniobras financieras y opresión alimentaria que constituyen la tecnología de la moderna agricultura industrial.
Otro ejemplo sería el del control del cuerpo de las mujeres por nosotras mismas: la mayoría (cada vez mayor) hemos perdido un conjunto de habilidades que nos permitía tener el control sobre la sexualidad y la reproducción. Estas habilidades han sido substituidas por sanitarios, sacerdotales, artefactos clínicos, substancias químicas, el poder económico farmacéutico, la mercantilización de la salud y cosificación del cuerpo, que constituyen la tecnología de la medicina industrializada.
Como vemos no es un debate vacío, no existe la tecnología nuclear mala (centralista contaminante, policíaca… ) y la tecnología nuclear buena (descentralizada, limpia, democráticamente vigilada). Existe simplemente la tecnología nuclear, ideada para abastecer centralizadamente a hiper-consumidores centralizados y cualquier cosa que se quiera construir con ella como base devendrá inevitablemente centralizada, contaminante y con vigilancia policíaca … y por tanto un instrumento de poder.
No existe una ingeniería genética mala (en manos de corporaciones, para fomentar el control, para discriminar… ) y una ingeniería genética buena (que nos sacará del hambre y nos curará todas las enfermedades…). Existe una tecnología ideada para controlar la naturaleza y sacar de ella el máximo provecho, para inmiscuirse en la intimidad de las personas, para controlar a los individuos, que precisa enormes medidas de seguridad, centralizados… Así pues, cualquier cosa que se quiera construir con ella como base devendrá inevitablemente un instrumento de control, de dominio sobre la sociedad y la naturaleza y por tanto, un instrumento de poder.

SER CAPACES DE ELEGIR

Puestos en este punto, no se trata por tanto de discutir sobre tal o cual artefacto: ¿sois partidarios de mantener la lavadora automática?, ¿y los WC?, ¿toleráis la calefacción?, los clavos se clavan con una piedra?, ¿vendréis andando al encuentro de Oviedo? …, sino de poder situarnos en una posición que nos permita conocer qué es lo que exactamente pagamos por cada cosa, qué implica cada una de ellas y elegir, siendo conscientes de lo que implica cada elección. Si elijo comer carne en cada comida, he de saber que consumo buena parte de los recursos vegetales que pueden servir para alimentar humanos (dejando aparte otras consideraciones de cariz ético), si elijo usar un coche privado, elijo un modelo energético determinado, un modelo industrial determinado, un modelo de infraestructuras determinado y he de estar de acuerdo en soportar la carga de la destrucción del territorio, de la naturaleza, del clima y de la ocupación del espacio cotidiano por este artefacto.
En todo caso hemos de ser capaces de elegir libremente, y a lo mejor como resultado no se opta por una cosa ni por otra, sino que en condiciones nuevas se presentan opciones nuevas mucho mejores y que nosotros, enredados en una cotidianidad envolvente y lastrados por una domesticación de siglos, no somos capaces siquiera de imaginar.
El hecho es que ahora mismo no tenemos elección, solo podremos vivir de otra manera en el momento en que nos liberemos de las ataduras y de las coerciones de la sociedad estatal/capitalista.

¿CÓMO QUEREMOS QUE SEA LA SOCIEDAD QUE QUEREMOS?.

Se exige a menudo una definición clara y precisa de la sociedad que queremos construir, se hacen preguntas concretas: ¿cómo se decidirán las cosas?, ¿si uno no quiere trabajar que pasará?, ¿las minorías podrán realizar sus proyectos?, ¿nadie asegurará los intercambios?,…Otras veces se pide si tal o cual práctica real es lo que buscamos: ¿no son antiautoritarios los zapatistas?, ¿en una cooperativa no son todos iguales?, ¿el ingreso social no podría ser una buena herramienta de movilización y de pedagogía entre los oprimidos?, ¿el Foro Social Mundial no es un organismo de debate con los pies en tierra?,…
Hemos de reconocer que no tenemos programa, ni programa ni receta, y además el hecho de tener un programa hoy sería condicionar de un modo autoritario el mañana.
Estamos convencidos de que solo podemos marcarnos un camino y un objetivo, LA LIBERTAD, y que será sorprendente, y para nosotros inimaginable, aquello que crearan las personas en cuanto queden libres de la sujeción de la autoridad y de la esclavitud del trabajo. No podemos imaginar un futuro exacto porque nuestra idea del futuro es un mundo cambiante y libre, diverso y de relaciones revocables, afín y contrario, nunca fijo ni estable. En contra de los ejemplos clásicos de sociedad futura de la colmena y el hormiguero, ejemplos muy queridos por los movimientos obrero y anarquista, nosotros preferimos el modelo de sociedad no acabada, el de un ecosistema lleno de interelaciones. Preferimos vernos como un bosque, un arrecife, una selva, lugares donde los individuos serán libres, en una sociedad libre pero cambiante. Libres de la autoridad, del estado y del capital, libres en el socialismo y la anarquía.
Que no queramos definir un futuro detalladamente no quiere decir que no valoremos el ejercicio de imaginar otras posibilidades, pero evidentemente imaginarlas, no dogmatizarlas. La capacidad de imaginar un futuro diferente es lo que nos mantiene en la lucha.
Por ejemplo, en un sistema de libertad, y por tanto de ausencia del privilegio, no se puede mantener, ni extender a toda la humanidad, el modelo de consumo de energía o el de producción de residuos de los países industrializados. Sin embargo, el modo concreto de afrontarlo escapa a nuestras posibilidades. Podemos imaginar sistemas alternativos, incluso podemos poner en marcha experiencias “piloto”, pero estamos delante de unos procesos en los que estarán implicados factores que no controlamos y aún no conocemos: si hacen falta fuentes nuevas de energía, o modalidades de consumo y distribución nuevas, o relaciones diferentes con los recursos naturales. Por tanto es evidente que esto lo han de solucionar aquellos que se enfrenten realmente al problema, y en este momento los ensayos, las experiencias, los experimentos, sólo son datos, más o menos valiosos.

¿CÓMO PRETENDEMOS LUCHAR PARA CONSEGUIR TODO ESTO?.

No concebimos la separación entre la lucha y los objetivos a conseguir, de este modo los medios y las metas se confunden. Esta es una idea clásica del anarquismo, de la que nacen las ideas, de acción directa y de autogestión (en sus diversas interpretaciones).
Por ejemplo, la mayor parte de las reivindicaciones vecinales de los años setenta, en el momento en que dejaron de ser la expresión de una idea y una práctica de cambio generalizado, se quedaron en nada: un semáforo fue una señalización, un parque un terreno urbanizado, un Centro Cívico un marco de institucionalización cultural. Dejaron de ser expresiones del deseo de construir un mundo habitable, no jerárquico y más natural. La labor de separar la lucha del objetivo fue muy rentable para los izquierdistas y para el poder municipal.
Hay pues, para nosotros, una diferencia notable con aquellos que se preparan para gestionar un cambio y que centran sus actividades en los preparativos para tomar el relevo en la gestión del sistema actual. También la hay con los “alternativos” que se quedan en lo cotidiano y no hacen el paso entre lo concreto y lo general. Por ejemplo, entre la alimentación en la sociedad occidental (abundancia, despilfarro, adulteración…) y la crisis alimentaria global que está acabando con miles de personas en la mayor parte del mundo, o entre la abolición de la deuda externa a la abolición del capitalismo.
Nosotros además no aceptamos una jerarquización de las luchas, en cada ámbito son iguales entre ellas, independientemente de los “grandes objetivos” perseguidos o de la dureza de los métodos. Así, igual de importante puede ser la lucha por un semáforo que la lucha contra las prisiones, todo depende de cómo y con que objetivos se haga.
Nuestros esfuerzos se dirigen hacia la consecución de espacios de libertad y autonomía, aunque sean individuales, ensanchamiento y mantenimiento de estos espacios, recuperar conocimientos, habilidades y prácticas perdidas a lo largo de la domesticación, intervenir siempre para promover la no delegación y la autonomía individual y/o colectiva en aquellos conflictos y luchas en los que participemos. En la autogestión de las luchas, podemos encontrar que el efecto de esta práctica es hacer ver que es posible actuar y relacionarse (entre nosotros y con el poder) de una manera diferente, y multiplicar de este modo las acciones directas.
Por último, es importante tener claro que cualquier actividad actual ha de tener siempre unos objetivos concretos: la abolición del estado, del capital y de la autoridad. Y al mismo tiempo la consecución de la anarquía como un modo de vida donde todos estemos en igualdad de condiciones para disfrutar, en usufructo, los recursos necesarios para vivir, conviviendo con todos los seres del planeta, con todos los sistemas, pero eso sí, sin modos autoritarios, SIN DOMESTICACIÓN. Hemos de tenerlo claro y decirlo.

LLAVOR D´ANARQUÍA

ATACA EL SISTEMA

20 Octubre 2008

Por Craig “Critter” Marshall

 

Dado que escribo desde el otro lado del alambre de espino con respecto a la mayoría de
los que participan en este libro, al menos estoy en mejor posición para decir algo
importante sobre las corporaciones que se enriquecen a costa de la destrucción y
explotación de la naturaleza, o empleando términos capitalistas recursos naturales.
Los grupos ecologistas de la línea principal dicen que las tácticas del E.L.F. son
demasiado extremas. Por el contrario, yo creo que las acciones del E.L.F. no son lo
suficientemente extremas.

El otro acusado en mi juicio, Jeff Luers, está cumpliendo una condena de 22 años y 8
meses por incendiar unos pocos SUV´s (N de T: coches todoterreno altamente
contaminantes). Si el fiscal no hubiese muerto en medio del juicio, no se hubiesen
sentido forzados a ofrecerme un trato, en él acordamos que si yo me declaraba culpable
recibiría una condena de cinco años y medio. De no haber muerto, yo también estaría
cumpliendo una sentencia largísima por una acción que tuvo resultados mínimos.

La gran mayoría de la gente jamás es atrapada por sus sabotajes, lo cual demuestra la
eficacia de preparar y planear bien las cosas. A pesar de eso, si la gente arriesga muchos
años de su vida, ¿no merece la pena realizar acciones mucho más eficaces que
simplemente incendiar un par de todo-terrenos? Tengo muy claro que si mi compañero
y yo hubiésemos incendiado la fábrica entera que produce los SUVs no estaríamos
cumpliendo una condena mucho más larga que los más de 22 años que está cumpliendo
Jeff. Pero a pesar de que incendiar toda la fábrica hubiese sido infinitamente mejor de lo
que conseguimos nosotros, tampoco hubiese llegado lo suficientemente lejos, ya que
otra fábrica hubiese sido construida y proseguiría la destrucción de la Tierra tras esa
interrupción.

Lo que tenemos que atacar es la totalidad de la máquina mortal que es la sociedad
industrial: la civilización. Debido a que la Tierra y sus habitantes están siendo atacados
las 24 horas del día a una escala enorme, ¿cómo pensamos que vamos a terminar con
todo esto simplemente incendiando unos pocos todoterrenos? Aquellos que atacan la
industria maderera están consiguiendo abollar la armadura de la maquinaria, pero siguen
siendo sólo abolladuras. Necesitamos cortarle la cabeza al monstruo.

No importa cuántos animales sean rescatados, no importa cuántos árboles se salven si el
actual estado tecnológico progresa, o incluso si continua al mismo ritmo al que destruye
los ecosistemas del planeta, la vida en este planeta tiene un destino fatal. La
civilización, tal y como la entendemos, depende de la dominación y explotación de todo
tipo de recursos (ya sean seres vivos o su hábitat), y no puede existir sin esa
explotación. Antes de que apareciesen las sociedades agrícolas los humanos eran
básicamente nómadas, sólo asentaron poblados permanentes cuando las plantas y los
animales fueron domesticados. La explotación de estas formas de vida permitió el
crecimiento de la joven civilización, lo cual creó la necesidad de explotar más animales
y cultivar más plantas.

Viaja desde aquel momento 10.000 años en el futuro y llega hasta el día de hoy. Hay
muy pocos lugares de la Tierra donde los humanos no hayan intentado (y la mayoría de
veces logrado) crear relaciones de dominación con respecto a los seres vivos que
habitan esas zonas. En la mayor parte del terreno que ocupa el mundo civilizado se han
destruido los ecosistemas que ahí había y/o se ha cubierto de cemento. La escala a la
que se extinguen las especies hoy en día es similar a la que había cuando se
extinguieron los dinosaurios hace 65 millones de años, y mientras que tengo claro que
salvar un bosque o a los presos de una granja es algo genial, sigue siendo como poner
una tirita ante una herida en el pecho (1).

Si pudiésemos sacar a todos los animales que están encerrados en granjas y laboratorios
por todo el mundo, ¿hasta qué punto sería bueno si no quedasen espacios salvajes en los
que liberarlos? Y viceversa, ¿Qué sentido tendría proteger la última zona salvaje si
todos los animales estuviesen domesticados, su espíritu salvaje destruido? La lucha por
salvar a los animales y a la Tierra son inseparables. Cada aspecto de la civilización
conspira contra todo aquello que es salvaje. Es la totalidad de la dominación humana,
no sólo un elemento, lo que destruye la vida.

Nuestras luchas jamás podrán ser efectivas si nos centramos en un único aspecto de la
enfermedad llamada civilización. Debemos atacar la totalidad de la sociedad industrial
cada día. No debemos detenernos ni un instante en nuestra lucha, ya que la civilización
avanza continuamente en su marcha mortal. Debemos poner en jaque las ideas que
sostienen la vida diaria de la sociedad industrial. La mayoría de la gente lucha por la
liberación de una forma de vida y, sin darse cuenta o sin importarles, apoyan la opresión
de muchas otras formas de vida todos los días. ¿Cómo que no?, ¿entonces no empleas
electricidad? Soy consciente de que tenemos que hacer alguna cosa que no nos gusta si
queremos ser efectivos en nuestra lucha, como por ejemplo necesitamos emplear
gasolina para realizar acciones de ecotage que puedan hundir a las corporaciones. Pero
tenemos que ser conscientes del impacto negativo que nuestras acciones y herramientas
tienen sobre los ecosistemas.

Por supuesto que no estoy condenando el que alguien incendie una maderera; si es lo
que quieres hacer préndeles fuego a esos desgraciados. Como mínimo vas a conseguir
hacer sonreír a este preso político. Pero ten en cuenta que no estarás deteniendo la
destrucción de la Tierra estarás ralentizando el ritmo de su destrucción-.

Tenemos que reaprender cómo convivir con la naturaleza, vivir en los ecosistemas, en
lugar de sobre ellos. Como suele decirse, hemos visto al enemigo y somos nosotros.
Es hipócrita atacar por la noche un aspecto de la maquinaria de destrucción de la
naturaleza que es la sociedad industrial, y a la mañana siguiente apoyar otros aspectos al
irnos a comprar/consumir. No podemos continuar viviendo de la manera que nos han
enseñado aquellos que justifican la civilización (y la destrucción que conlleva), y
esperar que podamos hacer que desaparezcan todas las formas de dominación. La
civilización, desde su aparición se ha sustentado en la dominación; depende de ella para
seguir sobreviviendo.

Debemos regresar a una cultura de sostenibilidad una en la que vivamos en armonía
con la naturaleza- pero esto jamás sucederá mientras los deshechos industriales sean
alimentados por corporaciones a las que lo único que les importa es obtener beneficios.

Se ha hecho que la gente piense que la felicidad se consigue trabajando al menos la
mitad del tiempo en el que están despiertos, para así poder comprar cosas que les
ahorrarán tiempo y dinero. ¿Soy el único que se da cuenta de lo completamente estúpido
que es todo esto? Afortunadamente no, pero más gente de los que se dan cuenta deben
ser conscientes de que incluso si dejan de participar en esta cultura de trabaja-consume-
muere el resto de personas seguirán participando en el envenenamiento de todos
nosotros.

A pesar de que prenderle fuego a una industria maderera pueda enlentecer el ecocidio,
creo que es mucho mejor la táctica de acabar con los bienes de consumo antes de que
sean producidos, esto se puede conseguir destruyendo las plantas energéticas y los
laboratorios que permiten que esta sociedad cancerígena se mantenga en pie.

Cada momento que no es empleado en destruir esta sociedad industrial es equivalente a
justificar la destrucción que produce sobre nosotros y sobre las demás formas de vida.
Estamos siendo envenenados por toxinas que se emanan al aire las 24 horas del día, aun
así la media está en que las personas inviertan menos de 24 segundos semanales
haciendo algo al respecto. Espero que este dato no te haga felicitarte a ti mismo si
superas esos 24 segundos, lo que me gustaría es que te des cuenta de que aquellos que
hacemos algo debemos atacar más fuerte.

Todos nosotros debemos ponernos cara a cara con la totalidad y decidir si queremos
continuar golpeando los dedos del monstruo que tiene amenazados a todos los seres
vivos, o si vamos a golpearle en la cabeza. No me entiendas mal, arrancarle un dedo
nunca va a ser algo malo, pero a no ser que sea parte de una estrategia mayor no va a
terminar con la dominación humana hacia los animales y la naturaleza.

Jamás conseguiremos convencer a las corporaciones para que dejen de explotar
animales y la Tierra, eso está en contra de su naturaleza. Queremos defender los seres
vivos a toda costa. Ellos quieren perpetuar una forma de vida de explotación sin
importarles a qué precio. Su trabajo es ganar todo el dinero que puedan sin importar los
daños que causen. Nuestro trabajo es llevar sus negocios a la ruina. (2)

1.- Sin ánimo de extendernos demasiado, Acción Vegana no está de acuerdo con esta
comparación. No podemos restar importancia al hecho de que un individuo preso sea
liberado de su prisión por el mero hecho de que haya muchos más individuos presos a
los que no se puedan liberar. Para el preso liberado sí que es muy importante esa acción.

2.- A quien le haya gustado este artículo le recomendamos El buque de los necios, de
Ted Kaczynski (alias Unabomber).

*Extraido del libro “Encendiendo la Llama del Ecologismo Revolucionario” pag 53 a 56.

Involucionando la Civilización
Entrevista con Derrick Jensen
(No 26 de No Compromise)

Derrick Jensen es un prolífico escritor, orador y activista. Él es el
autor de Escuchando a la Tierra, Un lenguaje más antiguo que las
palabras, La cultura de la invención, Extraño como la guerra: El asalto
global en los bosques, y Bienvenido a la Máquina: Ciencia, Vigilancia y La
Cultura del Control, entre otros.

NC: ¿ Qué esperas alcanzar a través de tus escritos ?
DJ: Yo quiero involucionar la civilización. Estoy interesado en vivir en un
mundo que tenga cada año más salmón en estado salvaje que el año
anterior. Un mundo que tenga más pájaros cantores migratorios que el año
pasado. Un mundo que tenga menos toxinas y elementos nocivos en              la
leche materna, un mundo que no esté siendo destruido, un mundo en
donde la población de krill no esté colapsando, un mundo donde no haya
zonas muertas en los océanos, un mundo que no esté siendo
sistemáticamente desarmado. Yo quiero vivir en un mundo que no esté
siendo asesinado y haré cualquier cosa por conseguirlo. Es realmente claro
que durante los pasados 6000 años la civilización ha estado asesinando el
planeta. Estoy de parte del planeta.
NC: Tú hablas mucho sobre la esperanza. ¿Piensas que existe algún
poder en la desesperanza?

DJ: Creo que la esperanza es realmente dañina por varias razones. Las
falsas esperanzas nos atan a situaciones insoportables y nos hacen ciegos
a las reales oportunidades. ¿Realmente piensa alguien que Weyerhaeuser
va a parar de deforestar sólo porque se lo pidamos amablemente?
¿Realmente piensa alguien que si un demócrata estuviera dentro de la
Casa Blanca que las cosas estarían mejor? ¿Cree alguien que los vivisectores
dejarán de torturar animales sólo porque nosotros nos paremos afuera con
un lienzo?
Eso no significa que no debamos pararnos afuera con ese lienzo. Lo que
realmente significa es que, ¿realmente creemos que ellos se detendrán sólo
porque nosotros estemos haciendo eso? Y si tú no lo crees, ¿qué significa
eso entonces? El libro que recién terminé está muy centrado en esa
pregunta. ¿Tú crees que la cultura sufrirá una transformación voluntaria
para obtener una forma sustentable de vida? Si no, ¿qué significa eso para
nuestras estrategias y nuestras tácticas? Nosotros no sabemos. La razón por
la que no lo sabemos es que no hacemos esa pregunta. La razón por la
que no hacemos esa pregunta es que estamos demasiado ocupados
pretendiendo que tenemos esperanza.
Una de las cosas más inteligentes que hicieron los Nazis fue
neutralizar la racionalidad y la esperanza. La forma en que hicieron eso fue
haciéndolo de tal manera que en cada paso del camino estuviera en la psiquis de
los Judíos, que el mejor interés era no resistir.
¿Prefieres tener una tarjeta de identificación o resistir y posiblemente ser
asesinado? ¿Prefieres ir a un ghetto o resistir y posiblemente ser
asesinado? ¿Prefieres ir en un camión para ganado o resistir                       y
posiblemente ser asesinado? ¿Prefieres tomar una ducha o resistir y
posiblemente ser asesinado?
Cada paso del camino, estaba en sus conciencias de que el mejor interés
es no resistir. Pero les diré algo realmente importante. Los Judíos que participaron
en la rebelión del ghetto de Warsaw tenían una taza mucho más elevada de
sobrevivencia que aquellos que cooperaron. Necesitamos mantener eso en mente
para los próximos diez anos.
NC: ¿Cómo podemos involucionar la civilización?
DJ: He hecho beneficios para los prisioneros por la liberación de la tierra y he
apoyado totalmente las acciones del E.L.F. y del A.L.F. Dicho eso, tengo una
crítica, que es que deseo que ellos mejoren en infraestructura. Creo que lo
que necesitamos hacer es buscar las áreas más debilitadas. Por ejemplo, un
hombre actuando totalmente por sí solo casi detuvo la Segunda Guerra
Mundial (Antes de referirme a esto, necesito aclarar que no estoy hablando
de asesinar a George Bush).
George Elser fue un tipo que decidió matar a Hitler. Cualquiera que
hable sobre la resistencia alemana en la Segunda Guerra Mundial tenia
bastante claro que matar a Hitler era crucial para detener la guerra.
Era fines de 1939. La guerra había recién comenzado y pudo haber
sido detenida. Elser fue capaz de fabricar una bomba, ponerla en un lugar
donde Hitler estuviera yendo a dar un discurso y ajustar el tiempo. Hitler,
en vez de terminar su discurso en el tiempo normal, se adelantó por media
hora. En vez de finalizar a las 9:30, como siempre lo hacía, terminó a las
9:00. Él ya estaba fuera del edificio a las 9:10 y la bomba explotó a las
9:20. Entonces, fue por tan sólo 10 minutos que se pudo haber detenido la
guerra.
La razón específica por la que estoy diciendo que no estoy
postulando lo mismo para George Bush, es que Bush no maneja la suerte
de poder que sí tenía Hitler. Si Bush estuviera a punto de ahogarse,
Cheney tomaría el poder. En ese caso específico, un asesinato no haría
tanto bien como podría haberlo hecho con Hitler. Sin embargo, el punto
que planteo es que la situación de Elser es un ejemplo de levantamiento
de poder. Un levantamiento de poder no tiene que ser violento. Yo mismo
estoy levantando mi voz al escribir un punto que se opone a estar parado
en la esquina de la calle.
Cuando los individuos liberan a los animales, creo que lo que tratan
de hacer es salvar esos animales específicos. Eso podría ser lo mismo que
detener una represa. La motivación primaria podría ser liberar ese tramo
del río. Pero creo que, por ejemplo, si alguien quema un SUV (Sport Utility
Vehicle), eso no tiene mucha ventaja posicional. Ese es un gran riesgo para
no muchos resultados. De ninguna forma estoy diciendo algo negativo sobre
alguna de las personas que han tenido el monstruoso coraje de hacer esos
actos, pero si vas a hacer apresado por más de 20 años por quemar un par
de SUVs, hay otras cosas que yo podría hacer mejor.
Esa es actualmente mi mayor crítica al ELF y al ALF, y que en
realidad no es necesariamente una crítica, porque a mí me gustaría que
continuaran con lo que están haciendo. En suma, de cualquier manera, me
gustaría ver a otros mejorando su infraestructura. He hablado con hackers que
han dicho cosas que sugieren que el hackeo es la gran promesa.
NC: ¿Cómo mantienes un punto de vista positivo y te mantienes tú
mismo motivado y enfocado en la lucha?

DJ: Aquí parece estar la idea de que, si entiendes como son las cosas
malas, tienes que ser miserable al mismo tiempo. Pero la verdad es que
estoy realmente alegre y triste a la vez. Estoy lleno de furia, lleno de ira,
y también lleno de amor. La gente gasta toda su energía luchando contra
la desesperación. Bueno, la desesperación es una respuesta apropiada a
una situación angustiante. Conlleva una tremenda cantidad de energía
intentar no sentir esos “sentimientos negativos”. El sufrimiento es sólo
sufrimiento, y el dolor es sólo dolor. No es mucho el sufrimiento y el dolor
que hiere como la resistencia ante eso. Voy a citar un párrafo de mi
nuevo libro porque ahí aborde este tema:
“La mayor parte de nuestros actos son, lamentablemente,
improductivos. Si ese no fuera el caso, no estaríamos siendo testigos de la
destrucción del mundo. Aún continuamos haciendo los mismos antiguos y
simbólicos actos y seguimos llamando la creación de esta o esa afirmación
una gran victoria.
Ahora, si no me equivoco, las victorias simbólicas pueden dar
grandes estímulos morales, los que pueden ser cruciales. No obstante,
cometemos un fatal y francamente patético error cuando presumimos que
nuestras victorias simbólicas y nuestros estímulos morales hacen por sí
mismos tangibles las diferencias en la tierra, y jamás deberíamos olvidar que
lo que sucede en la tierra, es lo único que interesa.
Allí es cuando viene un período en la vida de muchos activistas
continuos cuando las victorias simbólicas no son lo suficientemente
duraderas, como es posible a veces. Esa es la etapa en donde muchos de
estos activistas se frustran, se deprimen y desmoralizan. Muchos luchan
contra la angustia. Yo creo que luchar contra la angustia es un error.
Pienso que esta angustia es, habitualmente, una falta de conocimiento,
entendiendo que las tácticas que ellos han usado no han cumplido con lo
que ellos pretendían y las triunfos que han perseguido no han sido
suficientes ante la crisis que observamos.
Los activistas se molestan y frustran porque están tratando de alcanzar
sustentabilidad con un sistema que es inherentemente insustentable. Así
nunca podrán ganar. No harán ninguna maravilla. Pero en vez de escuchar
realmente a esos sentimientos, a menudo toman un par de semanas de
vacaciones y luego vuelven tratando de poner los mismos viejos y
cuadrados ganchos dentro de los mismos viejos y redondos hoyos. El
resultado: más irritación, más frustración, más desaliento, y el salmón sigue
muriendo.
¿Qué pasaría si escucháramos estos sentimientos de frustración,
desesperación, angustia y desmoralización ? ¿Qué nos dirían estos
sentimientos? ¿ Es posible que ellos mismos nos pudieran decir que lo que
estamos haciendo no es trabajar, y por eso deberíamos tratar de hacer
algo más ? Quizás estos sentimientos nos están invitando a transformar las
metáforas. A que dejemos de tratar de salvar lo que queda de un campo
de concentración y mejor tratemos de destruir ese campo completo.

 

1 ¿Qué somos? Una respuesta común a esta pregunta es que somos seres humanos. Esos dos términos son los más usados para autoreferirnos, aunque no digan mucho acerca de nosotros. El ser un humano parece ser algo especial. ¿Pero no es cierto que también somos animales? ¿Porqué no llamarnos a nosotros mismos con este apelativo? Según la biología somos una especie animal del tipo de los Cordados, subtipo Vertebrados, clase Mamíferos, orden Primates, superfamilia Hominoideos, familia Homínidos, género Homo, especie sapiens. Son muchas palabras para describir algo muy simple: somos simios. Sólo lo último – una capacidad intelectual elevada (sapiens) – nos separa de nuestros parientes genéticos más cercanos1, y en cada una de las clasificaciones anteriores hay algo que nos une al resto de todos los animales, ya que pertencer a los “cordados” significa, básicamente, que nuestro cuerpo lo conforman dos lados simétricos, una columna vertebral y un centro nervioso, al igual que todos los demás.

Sin embargo, preferimos alejar estos deshonrosos calificativos de nuestro lenguaje al hablar de nuestra especie, pues la idea de imaginarnos a nosotros mismos como un animal omnívoro con tendencia arborícola (esto quiere decir que estamos genéticamente preparados para consumir ante todo frutos y semillas) que, dependiendo de las estaciones migra para alimentarse, ligado, al igual que todo el resto de los animales, a los ciclos de la naturaleza, no le resulta halagadora a la mayoría. Sin embargo, es asi como vivieron los humanos por mucho tiempo (y hay grupos que aún lo hacen), y no eran “menos evolucionados” por esto, ni correspondían con el arquetipo de “hombre de las cavernas” con la apariencia de un neardenthal – en vez de un sapiens- y un garrote en la mano, que arrastra a su hembra con la otra jalándola de los cabellos. No. Nuestro capital genético es el mismo desde el hace 200 mil años, y considerando que una especie de mamíferos vive en promedio 3 millones de años, somos unos recién nacidos en escala evolutiva. Esto quiere decir que los humanos de hace 200 mil años básicamente eran iguales a nosotros, esto es, sus cuerpos y capacidades eran iguales a las nuestras. Es muy posible que su manera de estructurar ideas haya sido distinta a la nuestra dado que aún no atravesaban el trauma de la civilización, y su lenguaje era menos arbitrario que lo que son las lenguas modernas2.

A pesar de esto, la idea de que somos superiores, aún a lo que éramos, nos inunda. Existe la idea generalizada, la fe ciega en que nuestro futuro está asegurado en manos de la ciencia y la teconología, sin darnos cuenta de que muy pocos humanos accederán a este priviliegio, mientras el resto sufriremos las consecuencias de un juego autodestructivo donde todas y todos jugamos pero ganan los mismos de siempre. Empero, seguimos debastando, seguimos reproduciéndonos, seguimos sometiendo y dominando, como si el mandato del Génesis3 hubiese sido pronunciado ayer por algún dios creador. En cualquier caso, este sería el único mandato divino que se ha cumplido al pie de la letra, ya que cerca de dos tercios de la superficie terrestre han sido ya arrasados por la civilizacion global. Sólo hace falta mirar qué han hecho con África; miles y miles de kilometros de selva convertidos en desierto. Pero no hay que ir tan lejos para contemplar una devastación como ésta en curso: el Amazonas es deborado por las industrias de la soja y la ganadería. La primera para alimentar a la segunda. Y la segunda para enfermar a quienes comen los cuerpos de los animales cuyas vidas y muertes son destinadas a este fin. Tampoco es suficiente saber que el 90% del tiempo que llevamos en la tierra lo hemos pasado “incivilizados”, sin ninguna de las supuestas necesidades que tenemos hoy, y si bien la vida nómade y en contacto directo con el medio natural no resultaba cómoda y alertagada, al menos nuestra existencia dependía de nuestras propias capacidades y de la cooperación entre nosotros y otras especies, y no de la fluctuaciones de la bolsa en Estados Unidos o el humor de nuestros superiores jerárquicos. Tampoco parece ser suficiente saber que entre el 10 y el 20% de todas las especies estarán extintas en menos de 50 años (un cálculo optimista)4. Ante argumentos como estos, surgen frases como “las especies se extinguían antes de que existieran los humanos”, “la extinción es un proceso natural”, o “el ser humano es un depredador natural”, y un largo etcétera. Los poderosos y sus medios de control cultural han hecho tan bien su trabajo que los animales humanos, tan domésticados como su ganado, están condicionados para agachar dócilmente la cabeza y omitir las señales de alerta para seguir siéndoles útiles al capitalismo.

El problema, es cierto, no es que ocurran extinciones, pero si lo es que las prácticas de una especie las provoquen artificialmente. En un proceso de extinción natural existe el tiempo suficiente para que, a pesar de la desaparición de una o varias especies, la biodiversidad no se altere, y hayan “especies de recambio” para el siguiente ciclo evolutivo. La continuidad de la vida queda así asegurada; todo lo contrario a lo que sucede en la extinción actual. Lo cierto es que el industrialismo, camino obligado de una civilización con tecnología tan avanzada como la occidental, ha sido el causante de la multiplicación entre 100 y 1000% de la tasa de extinción de especies en comparación con procesos de desaparición de especies anteriores.

Respecto al supuesto carácter natural de la depredación de los humanos, cabría preguntarse a quién o a quiénes le(s) conviene que pensemos de esta forma. El hecho de generar símbolos donde se asocie a nuestra especie a la idea que tenemos de un animal depredador, no es azaroso, sino una tradición antiquísma que tiene su origen en la caza como símbolo del poderío humano sobre la presa. Actualmente, en el crisol de ideas asociadas a la depredación, aparecen de inmediato, por ejemplo, la imagen de un hermoso león africano cazando y devorando una gacela thompson, o la de un enorme tigre siberiano rugiendo, y esto sucede no porque la mayoría de nosotros haya pasado algún tiempo sobreviviendo en la Sabana africana, o en algún pedazo de selva en la India (ambos lugares que se encuentran más en el imaginario colectivo que en la realidad), sino porque una y otra vez los grandes felinos han sido utilizados por el marketing como símbolos del poder y la destreza del hombre de negocios, del capitalista exitoso 5 pues, ¿no es esto una “selva de cemento”? ¿No rige la “ley del más fuerte” en la ciudad? Qué natural parece, entonces, comparlo con el “Rey de la Selva”. Lo cierto es que en la selva no existen monarquías; éstas, junto con la explotación y la inmensa capacidad destructiva siguen formando parte de las exclusividades de las que algunos humanos han gozado a través de toda la historia civilizada. Todas mentiras para naturalizar la lógica de la competición capitalista y hacernos digerir sin problemas la idea del dominio y la explotación, tanto entre nosotros como hacia otros animales.

Lo cierto, acerca de lo que morfológica y fisiolócamente somos, es que no somos alimentariamente especializados como un león o una vaca. Ni carnívoros, ni herbíboros. Los humanos somos omnívoros. Omnívoros como un cerdo, un zorro, un chimpancé. Guardamos más similitudes con estos tres últimos que con cualquier depredador. Nuestra especie posee un pasado arborícola, y el omnivorismo forma parte de las últimas modificaciones genéticas que nos dieron origen (tal como el bipedismo), es por ello que nuestra dentadura y tracto digestivo está en perfectas condiciones de digerir fibras vegetales, mientras que para consumir carne contamos con apenas un par de pequeños colmillos y ésta tarda cuatro días en salir de nuestros intestinos donde comienza, literalmente, a pudrirse. ¿Así que no somos cazadores por excelencia? Pues no.

No es natural, por lo tanto, que nos estemos deborando el mundo.

El mito del infalible progreso se cae a pedazos frente a nosotros. Mientras la casta científica experimenta con robótica o nanotecnología, la mayoría de nosotros ni siquiera sabe como funcionan los aparatos que hay en casa. Mientras en las olimpiadas los súper atletas rompen records mundiales el resto de la población mundial se debate entre la obesidad y la hambruna, o accede con dificultad a alimentos tóxicos y alterados genéticamente para el beneficio del capitalista que los cultiva. La lógica de “libre competición” en el “libre mercado” se cuela entre nuestros niños mediante la educación formal y los artefactos del progreso. No hay nada que escape al ojo ambicioso de quienes lo impulsan. La tierra, el agua, el aire y los animales (incluidos nosotros) somos los recursos de esta civilización, pero sólo en nuestras manos está el liberarnos. Este, como muchos, es un llamado a la reflexión, pero sólo a aquella capaz de encender la llama de la acción.

 

Aclaración: todas las fuentes han sido publicadas con el único propósito de una posible búsqueda. La propiedad intelectual es también un robo.

Lxs autores no adscriben necesaria afinidad ideológica con las fuentes citadas.

[¿Porqué no con un cocodrilo, o una pitón? ¿No son también depredadores? En la jerarquía de las especies, que nuestra especie encabeza, los demás animales son un producto de consumo más, donde su belleza o parecido con nosotros determina su popularidad y por lo tanto su demanda. Gracias a nuestra “preferencia” por los grandes felinos es que la mayoría de ellos están por desaparecer*]

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1 Coincidimos en un 99,4% de nuestros genes con los de los chimpancés, en un 97,7% con los gorilas y en un 96,4% con los orangutanes. URL: http://www.proyectogransimio.org

2 La arbitrariedad del signo lingüístico será tratada como tema en próximos números de la publicación.

3 “Los bendijo Dios y les dijo: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra». Génesis 1: 28. Trad. Reina Valera 1995.

Jim Mason es un autor pionero en el tema de la liberación animal. En 1980, fue coautor de “Factorías Animales”, junto con Peter Singer, libro que sirvió para abrir los ojos de la sociedad ante las condiciones de las granjas factoría en los Estados Unidos. En 1993 Mason ve publicado su siguiente y polémico libro, “Un orden antinatural”. En “Un orden antinatural” se señalan las huellas del dominionismo de la humanidad en el advenimiento de la agricultura. Este sorprendente vínculo brinda importante información sobre las causas de la opresión en nuestra sociedad.

DESCUBRIENDO LAS RAÍCES DEL DOMINIONISMO: UNA ENTREVISTA CON JIM MASON

Traducido de Nocompromise.org

Jim Mason es un autor pionero en el tema de la liberación animal. En 1980, fue coautor de “Factorías Animales”, junto con Peter Singer, libro que sirvió para abrir los ojos de la sociedad ante las condiciones de las granjas factoría en los Estados Unidos. En 1993 Mason ve publicado su siguiente y polémico libro, “Un orden antinatural”. En “Un orden antinatural” se señalan las huellas del dominionismo de la humanidad en el advenimiento de la agricultura. Este sorprendente vínculo brinda importante información sobre las causas de la opresión en nuestra sociedad

En “Un orden antinatural” habla del dominionismo. ¿Qué es exactamente el dominionismo?

Es la visión mundial de la supremacía humana: la creencia u opinión en poder de una especie, el homo sapiens sapiens, a la que se le supone un derecho divino (una licencia concedida por Dios) para usar animales o cualquier otro ser viviente para su propio beneficio. Esta visión del mundo es aun mas fuerte en tradiciones occidentales, pero se ha extendido por Rusia, China, Japón y la mayoría del resto del mundo, al igual que nuestro industrialismo, consumismo y modernismo.
¿Cómo impactó el desarrollo de la “agricultura animal” en la relación de los humanos con los animales, la naturaleza y ellos mismos?
Antes de que la agricultura animal comenzase, hace 10.000 años, la gente consideraba a los animales fascinantes y respetables porque estaban vivos y eran activos, y se creía que albergaban muchas de las fuerzas y poderes de la naturaleza. Esa gente se sentía emparentada con los animales, quienes les hacían sentir parte del mundo viviente. La agricultura animal (o la esclavización de animales para beneficios humanos) echó todo eso a perder. Los animales fueron bajados a la fuerza de sus pedestales para comenzar a ser controlados, explotados, comprados y vendidos. Aquella sensación de parentesco fue reemplazada por el miedo, el asco y la alineación. La historia y “civilización” Occidental comenzó en el año 3.000 antes de Cristo en la tierra que ahora conocemos como Iraq, con guerras, esclavitud, desigualdad y subyugación de las mujeres.

¿En qué medida cree que esto está vinculado a cómo los seres humanos insensibilizados en la cultura occidental han pasado a tratar a los animales en nuestra sociedad?

Al 100%. No podríamos entender la actual crueldad con los animales si nos aferrásemos a esa sensación de parentesco y respeto por los animales de antaño. De este modo, las primeras sociedades agrícolas crearon un montón de mitos que les permitían seguir manteniendo la esclavitud animal y la subyugación de la naturaleza para la agricultura. Una serie de mitos a los que yo llamo “Misoteria”, literalmente (del Griego), odio a los animales. La misoteria se desglosa en todas las mentiras que día a día escuchamos acerca de los animales: Los animales son viciosos, peligrosos, astutos, amenazantes, malos… y siempre han de estar por debajo nuestro. La misoteria no solo nos desensibiliza, sino que nos da ideas erróneas acerca de los animales y la naturaleza.

¿Qué tipo de lecciones pueden aprender los activistas anti granjas factoría de la historia que trazas en “Un orden antinatural”?

Esa historia no es de gran ayuda solo para los activistas anti-granjas factoría, si no para todo el activismo por los animales. Nuestro movimiento es la lucha contra algunas antiguas tradiciones, y creo que es importante entender esas tradiciones desde sus orígenes. Mas específicamente, dos de los grandes temas de los derechos de los animales de hoy en día:

A) Las granjas de animales, su transporte, su matanza… son un 98% del sufrimiento de los animales, y de su asesinato. Si entendemos la historia, entonces también entendemos los mitos que nos venden desde el negocio agrícola. Y los activistas en otros temas deberían de entender que la esclavización de los animales para la agricultura es la madre de toda la opresión animal, porque instaló los mitos en los que se basa la visión dominionista.
B) La situación económica de los animales. Los conceptos occidentales de propiedad probablemente crecieron de la esclavitud animal de la antigüedad. Los animales fueron probablemente la primera forma de dinero, propiedad y riqueza. Por ejemplo: Capital, una palabra que define la riqueza, deriva de “capita”, que en latín significa cabeza; la riqueza de un grupo, como los primeros romanos, se medía por el número de cabezas animales que poseyesen. A día de hoy, los rancheros dicen cosas como, “Transportamos un par de cientos de cabezas al mercado ayer”.

¿Qué impacto tiene nuestra alineación con respecto a la naturaleza en la forma en la que vivimos, y qué tipo de problemas puede ello representar?

Demasiados para nombrarlos todos aquí, pero se podría empezar con el consumismo: la gente compra cosas como si no existiese el mañana, sin saber ni siquiera de donde provienen. La gente no es consciente de la inconmensurable industrialización de la tierra. Bajo el dominionismo, toda criatura viviente es consideraba un recurso, o una peste.
Por ejemplo, consideremos el problema del sexo y de nuestros cuerpos. Hemos adquirido una tradición de vergüenza y asco hacia estos aspectos de la vida porque nos recuerdan a nuestra época de lactancia, a la época en la que estábamos hermanados con los animales y la naturaleza. Negamos y distorsionamos los elementos mas esenciales de la vida humana para mantener esa distancia que hemos creado entre nosotrxs y el resto de las especies.

¿Hasta qué punto crees que el racismo, el sexismo, la homofobia y el colonialismo tienen sus raíces en el dominionismo?

El racismo crece de la misoteria (recordemos, el odio hacia los animales y la naturaleza). Transferimos nuestra misoteria a la gente a la que consideramos mas cercana a los animales y a la naturaleza que nosotrxs. El sexismo, o la supremacía del macho, es una variación de la cultura patriarcal inventada por las sociedades guerreras que dominaron el levantamiento de la civilización Occidental en el antiguo medio Oeste. La homofobia es uno de los subproductos de la cultura patriarcal, que cree que el apareamiento humano es tan importante que cualquier tipo de gratificación sexual no tiene cabida a no ser que se trate del macho eyaculando dentro de la hembra con el fin de crear una nueva vida. El colonianismo es dominionismo aplicado a otras personas en sus tierras. En sus primeros estados, los europeos denominaron a los nativos americanos, los africanos, la gente de las Islas Pacíficas y otros como “salvajes” y subhumanos (animales, en otras palabras). La misoteria de los europeos les aseguraba poder tratarlos como esclavos.

¿Qué les dirías a aquellxs activistas que luchan contra distintas formas de opresión de los humanos y sin embargo olvidan asuntos relacionados con los animales, por considerarlos irrelevantes?

Los animales son básicos para nuestra visión del mundo. La misoteria alimenta al racismo y promueve actitudes muy poco saludables en cuanto al sexo, el género y nuestros cuerpos. Los intelectuales han estado discutiendo el problema de la alineación y otras partes de la “Cuestión natural” durante un siglo y medio, sin hacer progresos porque siguen empeñados en cerrar los ojos a la cuestión animal. Simplemente no podemos llegar a un acuerdo en lo referente a la naturaleza sin llegar a un acuerdo sobre los animales, ya que los animales son un tema central dentro de la “Cuestión Natural”.

Si todas estas formas de opresión están relacionadas y tan sumamente integradas en nuestra cultura, ¿Cómo podemos hacer para crear una nueva ética que no esté centrada en el dominionismo?

Haciendo públicas las mentiras y deconstruyendo los mitos acerca de los animales, la naturaleza y los seres humanos. La ciencia puede ayudar muchísimo si la usamos como es debido, así que no nos neguemos a la ciencia. La ciencia nos ayuda a entender nuestra relación biológica, evolutiva y real con los animales. Por supuesto que esto asusta y enfurece a un montón de gente cargada de misoteria; consideran que es el peor insulto que se les compare y relacione con los animales. La ciencia también nos cuenta mucho sobre la realidad de las vidas de los animales, sus emociones, sus relaciones sociales y muchos otros aspectos que les habíamos negado históricamente, reservándolos únicamente para nosotrxs. La buena ciencia es la que expone las mentiras y los mitos acerca de la vida animal y humana que se han contado desde hace cerca de 100 siglos de esclavitud animal.
Exponer y destruir las mentiras y mitos sobre el mundo viviente, el cual nos incluye. Eso es lo que debemos hacer. Destruir todo esto es destruir la misoteria, la cual crea el dominionismo (llamémoslo simplemente supremacía humana) y mantiene el agujero existente entre los animales y los humanos.
Al mismo tiempo, debemos de reflexionar sobre nuestros hábitos y tradiciones, formados durante todo este periodo de cultura dominionista. Cosas como nuestro consumismo, el materialismo, nuestras ciudades en expansión, nuestro consumo desmedido de agua y energía, nuestro ímpetu por procrear (lo cual lleva a la superpoblación) y todo aquello que hacemos y está destruyendo los bosques, las costas, los ocenaos, la vida salvaje, la atmósfera, y un buen montón de especies no-humanas que habitan en este mismo mundo.
Si queréis tener un objetivo en mente, digamos que bajo mi punto de vista este sería darle al planeta una población humana y un impacto de consumo similar al que había en la víspera de la agricultura, hace 10.000 años: de cinco a diez millones de personas usando una pequeña cantidad de recursos biodegradables. Esa fue la última vez que las especies humanas vivieron mas o menos en equilibrio con el planeta y con las otras formas de vida. Por supuesto, nos gustaría llevar a cabo este cambio de manera humana y pacífica, sin quitar vidas. Simplemente valiéndonos de un control de natalidad bueno y efectivo , así como con una correcta gestión industrial.

¿Estarían las masas dispuestas a realizar este plan?, inténtalo y verás. ¿Qué demonios tenemos que perder?

1. En vuestro último boletín explicáis las razones de autodisolveros como publicación y valoráis el mayor o menor cumplimiento de vuestros objetivos. Un aspecto a destacar es el abandono de la etiqueta antiindustrial, lo que se une a vuestro esfuerzo por aclarar una de las principales críticas que se os ha hecho: la de idealizar ciertos aspectos del mundo pasado. Por un lado, vemos el peligro de que el antiindustrialismo se banalice y se convierta en una nueva moda intelectual y, por otro, una aparente dificultad de asumir o comprender vuestra crítica…

En primer lugar, no es tanto la banalización del llamado antiindustrialismo lo que puede preocuparnos, sino su instrumentalización ideológica, que pasa por un discurso reducido a lemas y fórmulas simplonas propias de la cantinela rutinaria del estudiante de bachillerato. Por supuesto, si eso ha ocurrido, no ha traspasado las fronteras de dos o tres grupúsculos ácratas, realmente, no creemos que se pueda hablar de moda… De hecho, la etiqueta antiindustrial, que nosotros sepamos, no ha sido adoptada por nadie por estos lares. Pero lo que importa es la calidad, no la cantidad. Por eso, aunque fuera a escala minoritaria, preferimos dejar claras cuales eran nuestras exigencias intelectuales. De ahí, como consecuencia secundaria, el abandono de toda etiqueta.

Segundo, es verdad que la crítica que hemos desarrollado –con muchas aportaciones de fuera, y algunas propias– es difícil de asumir, pues su denuncia radical a la sociedad actual es patente: en realidad ¿qué se puede esperar? ¿en qué se puede creer? Cuando la democracia parlamentaria no tiene, desde sus orígenes, nada de verdaderamente democrática y cada día más descubre su rostro parlamentarista tras el cual se esconde –¿se esconde?– una tecnocracia mercantil con fines propiamente totalitarios, que opera mediante el adoctrinamiento de masas y el embrutecimiento consumista; cuando partidos, sindicatos, grupos ecologistas y otras asociaciones obran juntos por el progreso económico y tecnológico de la sociedad (o institución estatal), esto es, por la gestión del desastre; cuando el impresionante sistema de producción acarrea todo tipo de efectos nocivos y estragos (ahora tangibles a escala planetaria) y ha acabado con la autonomía material de muchos pueblos; cuando nos empuja a una terrible emergencia universal; cuando la moral cívica se resume en una cobarde ceguera sobre las consecuencias de la vida moderna y prefiere sacrificar lo necesario en aras de lo superfluo. El hundimiento existencial y moral de muchos individuos es un hecho consumado. Como mucho, algunos se sienten pringados, pero no van mas allá. En realidad, todos lo estamos en mayor o menor medida. Esta es la desmesurada victoria del sistema actual.

2. ¿En qué momento histórico nos encontramos?

El momento histórico en el que nos hallamos es difícil de definir. Renunciamos a dar una caracterización que pretenda abarcarlo todo. Nos centramos obviamente en lo que para nosotros es fundamental. Creemos que los años venideros traerán una radicalización de las tendencias actuales. Estas tendencias se expresan en los nuevos conflictos bélicos, en la emergencia climática y el caos ecológico que se manifiesta ya de mil maneras, en la inquietud por las fuentes de energía y la búsqueda de agua… Muchos dirán que la situación no es muy diferente de la que se vivía a principios de los años setenta. Cierto, pero ahora nos encontramos con acentos inquietantes. Por ejemplo, las previsiones que se hacían entonces con respecto al calentamiento del planeta o al agotamiento de recursos energéticos se anuncian ahora como hechos probados. El triunfo de la economía moderna, industrial, desarrollista se impone en naciones como China o Polonia, que antaño contaban con una fuerte base campesina. Después de los conflictivos años setenta, hemos asistido a un resurgir paulatino de la esperanza tecnológica: desarrollo de la informatización, de las comunicaciones, del papel de la ciencia en el desarrollo… Pero, de nuevo, este aire progresista e innovador de la nueva sociedad es lo que vuelve más temible la dimensión de sus avances destructivos en otros terrenos.

El poder alcanzado hoy por las élites dirigentes ha hecho palidecer las décadas que siguieron a la posguerra, ya que hoy no existe en ningún lugar del mundo algo que se parezca a una oposición política consecuente y que tenga suficiente peso. La acumulación de poder en occidente no ha seguido un rumbo autocrático, como muchos podrían creer, sino que simplemente se ha fortificado en el asentimiento de masas enteras de la población, y esto es algo que debería hacer reflexionar a aquellos que pretenden reavivar una práctica política que se ha quedado privada de toda base. La tensión bélica y policial de nuestro presente se dirige, sobre todo, a asegurar el control sobre mercados, fuentes de energía y materias primas, elementos de los que depende nuestra existencia diaria. Para nosotros no basta hablar de guerra imperialista para denominar los nuevos fenómenos de control global y agresión internacional, lo que realmente debe llamarnos a la reflexión es el hecho de que el occidente industrializado no puede renunciar a dicho control sin destruirse a sí mismo, y esto incluye, claro, los más minúsculos hábitos de cualquier habitante de los llamados países desarrollados. Lo más terrible de nuestra época no es la dimensión que se ha alcanzado en el desastre, sino la ausencia de un esfuerzo colectivo por comprender y actuar.

3. ¿Cuál es vuestra crítica al izquierdismo-progresismo?

Lo que se entiende hoy por izquierda es algo tan banal como caricaturesco. Lo que resulta más triste es que a los que no participamos del izquierdismo activista o del sindicalismo, se nos reproche una actitud cómoda, abstracta o inoperante. Nosotros respetamos en general las actitudes de izquierda que son comunes a miles de personas en este país, pero no compartimos sus obsesiones ni sus causas. Vamos a citar un ejemplo bien conocido hoy: el discurso sobre la llamada «precariedad». Para nosotros, bajo la lamentación tan actual de muchos izquierdistas bienintencionados con respecto a la precariedad, lo que se esconde es el lenguaje mismo del Estado de bienestar, que no permite que se expresen otras críticas si no es en la forma de las falsas necesidades que el Estado establece. El discurso de la precariedad es el canto apologético al sistema de hoy, que ya ha establecido mediante la propaganda y la coacción, como debe ser administrada la «abundancia envenenada» del capitalismo industrial. El precarismo origina el discurso ramplón sobre «viviendas dignas» para los jóvenes, empleos fijos y estables, etc.

Todas estas peticiones traducen la sensación colectiva de que es imposible escapar al chantaje del sistema. El sindicalismo ha creado el lenguaje de la precariedad y lo ha adoptado como lenguaje propio. No podemos negar que en otras épocas las reivindicaciones puramente materiales o económicas, de derechos laborales, etc., fueran parte de la estrategia de lucha de las masas obreras, pero entonces, en los años treinta del pasado siglo, la situación era muy diferente, ya que todo ello convivía con una cultura de lucha obrera y con un conflicto vivido masivamente. Pero habría que ver a qué han conducido las luchas por las mejoras en el medio proletario y qué es lo que realmente implicaban desde una perspectiva amplia. En el artículo de Michael Seidman, «La maternidad del week-end», editado por el colectivo Etcetera en forma de folleto, es interesante ver cómo las derivas de las luchas obreras de aquella época por conquistar el fin de semana como tiempo libre, junto con otras mejoras, estaban ya dentro de una estrategia de adaptación a la sociedad de consumo. Seidman describe cómo el tiempo libre conquistado por los obreros podía ser pronto asimilado al consumo turístico y la industria de ocio. Los sindicatos franceses empiezan entonces a gestionar las vacaciones obreras, hablan de ocio y piden el «derecho a la nieve» para sus trabajadores.

Es verdad que Seidman da una valoración positiva a las luchas por el week-end en aquella época, señalando su potencial subversivo, pero para nosotros es fácil observar ahí uno de los muchos pasos hacia la justificación del bienestar obrero como causa última. Por otro lado, hay que ver cuál es el trasfondo de las peticiones obreras, ya George Orwell en su época se quejaba de que los aumentos salariales de los mineros británicos, logrados por la lucha sindical, suponían un grado de explotación más sobre el proletariado colonial de la India. Esto no es hacer demagogia, a menudo se dice que las reivindicaciones económicas de los trabajadores son el único terreno de lucha concreta desde el que es posible construir el antagonismo. ¡Esto sí que es teoría! Después de más de treinta años de sindicalismo, radical o no, en este país, se ve claramente que las luchas de los trabajadores sólo han llevado a la glorificación del sistema tal y como lo conocemos: división del trabajo, tecnificación, alimentos sucedáneos, urbanismo masificado, alienación en el ocio, educación y salud gestionadas por el Estado o el capital privado… Hay que constatar que todo lo que el trabajador puede conseguir hoy con su salario le ata más fuertemente al sistema de alienación y embrutecimiento, y le hace partícipe de la explotación neocolonial y la destrucción de la naturaleza. Al luchar por la supervivencia individual es imposible no caer en esta trampa, todos estamos presos en ella, pero lo que denunciamos es que el bienestar laboral y económico se convierta en causa política.

Sin embargo, este es sólo un aspecto del izquierdismo. En años recientes hemos tenido que asistir al renacimiento de una izquierda autoconsiderada utópica y radical, que coronó los llamados movimientos antiglobalización o de resistencia global. La retórica de este movimiento carecía de articulación social visible, se trataba de un movimiento con una cresta intelectual perfectamente prescindible (los Toni Negri, Susan George, Bové, Klein, Ramonet, Manu Chao, etc.,) y con una representación militante compuesta por activistas vocacionales. Y cabe precisar: no es sólo en términos cuantitativos que la base social de este movimiento ha estado ausente, sino sobre todo en lo cualitativo, en efecto, ¿qué es de la vida cotidiana de cada uno de los manifestantes en contra de la guerra o de la catástrofe del Prestige? Hubo descerebrados que colgaban pegatinas de «no a la guerra»… ¡en sus automoviles todoterreno! Muchas personas que participaban en las manifestaciones no estaban dispuestas a establecer ninguna relación con la guerra y su particular modo de vida, estaban ansiosos por descargar su desesperación sobre el gobierno, Bush o las multinacionales y, desde luego, las organizaciones de izquierda se aprovechaban de ese sentimiento vago de indignación ciudadana para conducirlo hacia sus fines partidistas. No somos tan puristas como para exigir una absoluta coherencia entre las ideas que uno defiende y su modo de vida, ya que nosotros somos los primeros en estar atrapados en este sistema, pero lo que realmente nos interesa es que las luchas políticas revelen de la forma más honesta posible la dependencia que todos tenemos de este sistema.

Por otro lado, y del lado de la verdadera contestación radical, algunos escritos como los de Miguel Amorós o Carlos García, ya en aquel momento, pusieron los puntos sobre las íes, mal que les pese a muchos, para demostrar que el movimiento anti-guerra se reducía al plano simbólico y era incapaz de recurrir siquiera a instrumentos de lucha social como la huelga general…

Este anti-capitalismo de los anti-guerra y los anti-globalización era en verdad una revisión hecha de leninismo, tercermundialismo y ecopopulismo, pero todo ello remozado con el discurso de las nuevas libertades del mundo red y el asistencialismo de Estado (no en vano, la vanguardia intelectual del movimiento de resistencia global exigía, entre otras cosas, la renta básica, el software libre y la libertad de movimientos transfronterizos, como si de consignas revolucionarias se trataran, cuando en realidad todo ello traduce muy bien los mecanismos de funcionamiento que el sistema necesitará –y necesita ya– para dirigir y regular la nueva economía…). En España el límite máximo de la tontería se cruzó en las elecciones de marzo de 2004, donde toda esa izquierda banal, que además había sido llevada al estrellato por los media en la oposición, se desinfló en la nada. Todavía hay cretinos que creen que la derrota del Partido Popular fue un éxito para algo, y que los teléfonos móviles fueron el medio técnico subversivo que contribuyó a tan glorioso fin…

4. También oponéis en buena medida a la ecología con el ecologismo…

Nosotros apreciamos la ecología como ciencia de la tierra, como disciplina enfocada a estudiar la historia y el equilibrio de los sistemas naturales. De hecho, pensamos que sin ecología no cabe pensar ninguna política futura. Lo que rechazamos es el ecologismo, es decir, la serie de movimientos ciudadanos que desde los años cincuenta en Estados Unidos, y después en Europa, se han adueñado de la cuestión ecológica, separándola de la cuestión social, en muchas ocasiones, o uniendo ambas, previo vaciado de contenido de dicha cuestión social, opción ésta todavía de peores consecuencias.

Ciertamente, los que se apropian hoy del concepto de «ecología social» sólo ejercen un tímido izquierdismo reivindicativo, muy conveniente para el Estado y sus instituciones. La visión integral de una sociedad organizada sobre otras bases y dispuesta de otra manera con respecto a la naturaleza, visión que se alcanzó en algunos momentos de las primeras décadas del siglo XX dentro de algunas corrientes libertarias, se ha perdido por completo. Y las organizaciones ecologistas, que negocian con el Estado las condiciones «medioambientales» en las que debemos vivir, son las primeras interesadas en que esta visión integral de lo ecológico y lo social no se recupere. En parte porque el medioambientalismo se ha convertido en una forma de vida para ellos, en parte también por pereza o ignorancia. El ecologismo institucional, del que Ramón Germinal ya hizo una crítica precisamente en las páginas de Ekintza, junto con el sindicalismo, son hoy los dos grandes pilares donde se apoya la propaganda capitalista para obnubilar la conciencia e impedir que se formen expresiones de crítica radical.

Por otro lado, el papel del ecologista institucional se confirma como el experto medioambiental del futuro, dentro de la nueva fase de caos ecológico y social que se avecina: menos biodiversidad, grandes sequías, desorden del clima, escasez energética… En medio de todo ello, el ecólogo, el cronista medioambiental, tendrá su lugar, ya lo tiene, como experto oficial en el que las clases en el poder se apoyarán para interpretar los procesos destructivos en términos aceptables para el control de la población.

5. ¿Qué luchas o iniciativas os parece que pueden ser interesantes en los tiempos actuales?

Muchos nos lanzan el reproche cínico de que nuestras ideas conducen al derrotismo o la parálisis. Por el contrario, bien interpretadas, nuestras ideas son casi una llamada desesperada a empezar a hacer cosas, aunque, claro, no las cosas que les gustan a los intelectuales de izquierda, a los sindicalistas o a los activistas de la red.

En un primer caso, habría que resaltar como imprescindible la actividad teórica, comprensiva y de difusión de ideas. Las ideas que hemos defendido en nuestro boletín ya habían sido lanzadas al aire por otros antes que nosotros. A nuestro juicio, hay dos textos claves que aparecieron a finales de los años noventa. Uno sería «Los destructores de máquinas» de Christian Ferrer, del año 1997, si no nos equivocamos, que debe ser uno de los primeros textos en castellano que recupera el referente de los ludditas; el otro es el panfleto, bastante conocido, «¿Dónde estamos?» de Miguel Amorós, de 1999, compendio indispensable que resume muchas de las posiciones teóricas que nosotros hemos adoptado después. Creemos que era necesario hacer mención a estos dos escritos. Más allá de ello, están las revistas veteranas como la misma Ekintza, o la del colectivo Etcétera de Barcelona, que son reductos aún del pensamiento libertario. Otras publicaciones han aparecido como Ecotopía, Buruz Buru o Pimiento verde, dispares entre sí, desde luego, pero que tenían el ánimo común de aunar crítica ecológica y crítica social. Tambien es de agradecer la labor editorial de iniciativas como Alikornio, Octaedro, Muturreko, Virus, con.otros, Pepitas de Calabaza, que con pocos medios, en general, han puesto a disposición de la gente textos importantes para la crítica de la sociedad industrial. Finalmente, mencionaremos la revista Resquicios, que desde Bilbao trata de continuar la senda de la crítica antiprogresista.

En fin, todo esto por lo que se refiere a la difusión de ideas. También creemos que hay que prestar atención y apoyo a las pocas luchas anti-desarrollistas que se libran en el estado. Los ejemplos de Itoiz o la Punta, en Valencia, mostraron hasta el final la brutalidad del sistema imperante. Otras luchas han continuado también en la sombra, como la Asamblea anti-TAV, en Euskadi, o la lucha anti-transgénica llevada a cabo por elementos de Transgenics Fora!, en Cataluña. Todas estas luchas tienen que ser, por fuerza, minoritarias, pero hoy son de los pocos ejemplos de una oposición anti-desarrollo que conocemos.

Finalmente, nosotros prestamos especial atención a los proyectos constructivos basados en el cooperativismo, apoyo mutuo, autogestión… En la zona de Madrid tenemos los ejemplos de comunidades cooperativas como el BAH o los Apisquillos, que desarrollan un trabajo muy interesante. Las cooperativas de producción y consumo son un paso importante para la construcción de la autosuficiencia y la recuperación de saberes olvidados. Igualmente, la organización de escuelas libres, las redes de intercambio y de trueque, la autogestión de la salud forman puntales para el diseño de una sociedad autónoma en el futuro.

El problema es que, como ya hemos dicho en más de una ocasión, todas estas iniciativas son todavía minúsculas, sobreviven en el subterráneo. Falta un lenguaje común e independiente que pueda unificar todas estas experiencias, falta continuidad entre ellas, falta también que muchas más personas se comprometan, desde las ciudades, pequeñas o grandes, desde los pueblos y las aldeas, para llegar a formar esa gran comunidad de prácticas e ideas que necesitamos.

6. Vosotros desecháis la idea de la revolución, pero rescatáis la necesidad de la utopía…

No es que rechazemos totalmente la idea de revolución, sino que las circunstancias que hemos examinado anteriormente hacen imposible que se pueda producir una revolución. Otra cosa sería examinar lo que han significado históricamente las revoluciones en el pasado, ya que bajo ese término englobamos fenómenos muy diferentes… No tienen nada que ver, o muy poco, las revoluciones previas al siglo XIX, como la americana o la francesa, con lo que fueron las revoluciones sociales desde 1848 en adelante, y que fueron cada vez más definiendo sus medios y sus objetivos: Comuna de París, 1905 en Rusia, la revolución alemana de los consejos… El punto culminante se alcanza, para nosotros, entre 1936 y 1937, durante la guerra civil española, concretamente en Cataluña y Aragón, donde todas las fuerzas de la reacción –burgueses, estalinistas, fascistas– se unieron de alguna forma para aplastar la revolución social de signo libertario.

Mediante el exterminio y la disgregación forzosa de los elementos revolucionarios de aquella época se ha borrado toda memoria del proyecto social de emancipación del anarquismo ibérico, lo que constituye una atroz victoria del sistema actual de dominación. Lo que vino después, las sublevaciones en los países bajo el estalinismo, o las revueltas del proletariado autónomo, constituyeron las últimas algaradas de la lucha antipoder, que ya se veía acorralada en las mismas contradicciones del sistema técnico-capitalista y en los mecanismos de consumo y compensación, industria del ocio, etc. Todo ello forma un marco insuperable para cualquier revolución al viejo estilo, nos guste o no. Pero del hecho de que la revolución se haya hecho casi inimaginable no se sigue que debamos renunciar a conservar un ideal social deseable. Sin este ideal social, cualquier lucha carecería de sentido. Este ideal como ya dijimos en nuestro último boletín, constituye un horizonte al que debemos siempre dirigir nuestros esfuerzos, incluso aunque sepamos que es inalcanzable. Este es para nosotros el sentido de la utopía.

7. Os quisiéramos plantear un ejemplo concreto a la hora de abordar la dificultad de llevar la crítica a la práctica. La globalización económica ha generado en occidente fenómenos como la reconversión o la deslocalización industrial. Ante un hecho tan problemático como éste, vemos cómo la defensa del puesto de trabajo y el miedo al desempleo es, por lo general, el único elemento movilizador de trabajadores y sindicatos (incluidos los más radicales). Sin embargo, en muchos casos, lo que se elabora en estas empresas son automóviles, armas, químicos y otros productos innecesarios cuya desaparición parece ser una de las condiciones para generar otro tipo de sociedad ¿Cómo creéis que se puede empezar a romper esta lógica y abrir nuevas perspectivas?

Intentaremos ser concisos. Nosotros consideramos que el lugar de la lucha y de la reflexión sigue siendo el trabajo, pero no a la manera de las ideologías de izquierda, en cuanto a la dialéctica capital/trabajo. Por el contrario, consideramos que esa perspectiva está agotada, las luchas laborales, obreristas, sindicales, etc., las luchas que han alimentado durante décadas a la izquierda son, para nosotros, un terreno nulo de acción y reflexión. Nosotros creemos que la reflexión sobre el trabajo comienza, justamente, a partir de la negación o superación de esas cuestiones… Es por eso que esta lógica de la que habláis es tan difícil de romper. Nosotros mantenemos una creencia que es muy antipática e impopular para la izquierda, la de que la mayoría de los individuos de esta sociedad, más o menos explotados, comparten en buena medida los valores de sus dominadores y que, por tal razón, están más sujetos al sistema por creencias que por una verdadera necesidad material. Millones de empleados obsesionados con pagar sus hipotecas, con pagar un montón de mercancías y servicios absurdos para ellos y sus hijos no pueden ser tomados en serio cuando se lamentan de las apreturas del sistema…

Frente a todo ello, nosotros hablamos de restablecer la vida humana en un marco de trabajo cooperativo, autogestionado, de hacer más sencilla la producción sin oponerla al metabolismo de la naturaleza, de recuperar saberes que pueden ayudar a la autonomía… Pero somos realistas: la mayoría de la gente no está dispuesta a reinventar nuevas vías, seguirán protestando y luchando, los que luchen, para consolidar y asegurarse las mismas cosas que les están esclavizando y destruyendo: producción nociva, alimentación industrial, trabajo asalariado, mejores sueldos, vacaciones pagadas, viviendas horrorosas, etc. No queremos convertirnos en cargantes predicadores de lo que la clase trabajadora tiene que hacer para salvar sus vidas. En nuestras vidas diarias seguiremos intentando ser coherentes –lo que no siempre es fácil– y seguiremos buscando el modo de establecer contactos con todos aquellos que han elegido ideas y caminos afines a los nuestros. Entre todos, tenemos que hacer un gran esfuerzo para preservar los valores de auténtica emancipación social de otras épocas, conjugándolos y contrastándolos con nuestras experiencias y conocimientos de hoy.

http://www.eutsi.org/kea/content/view/392/35/lang,es/