“El mito de la Movilidad”. Los Amigos de Ludd.
20 Octubre 2008
“Y cuando después de mediodía
Por Fontainebleau
Llegamos a París
En el momento en que se fijaban los carteles de la movilización
Mi camarada y yo comprendimos
Que el pequeño automóvil nos había conducido a una nueva época
Y a pesar de que ambos éramos ya hombres maduros
Acabábamos de nacer”.
El pequeño automóvil, Apollinaire
El automóvil, símbolo para muchos de la guerra imperialista, es paradójicamente uno de los instrumentos que ha traído la paz a Occidente. O, mejor dicho, una forma de pacificación. A partir de la segunda Guerra Mundial las clases trabajadoras en Europa y Estados Unidos fueron ascendiendo poco a poco los peldaños hacia un consumo normalizado de mercancías: vivienda urbana, electrodomésticos, refrescos, comida industrial, cine, televisión y, por encima de todo, el automóvil y la posibilidad del autotransporte dentro de una red de carreteras cada vez más amplia.
Es difícil valorar hasta que punto la automovilidad ofrecida por el coche privado ha servido de recurso compensatorio para enormes sectores de la población. El automóvil da forma a la libertad en el mundo de hoy, ya que otorga al individuo un medio accesible de traslación de un lugar a otro en una unidad de tiempo relativamente breve. La edad contemporánea ha liberado la posibilidad del movimiento en unas dimensiones jamás conocidas.
Resulta fácil establecer un juicio sobre el automóvil como aparato que sirve al mismo tiempo a la guerra y a la paz. Por decirlo de alguna manera, la estructura social y económica de la automovilidad formaría una organización de retaguardia en una guerra mundial de control por los recursos energéticos y las materias primas. La tranquilidad social alcanzada en occidente descansa en buena manera sobre la expansión de una economía interior que sería imposible sin tener a disposición una red de transporte motorizado como la que conocemos. Aunque es imposible ignorar todo esto, raramente se saca de ello todas las consecuencias.
En un folleto traducido no hace mucho al francés, Automobile, pétrole, impérialisme1, su autor, después de desglosar algunos lugares comunes sobre la relación entre automóvil, petróleo, desastre ecológico y guerra internacional, llegaba a sugerir que «en los años venideros desconectarse del complejo industrial petróleo-automóvil será a la vez necesario y revolucionario». Incluso aunque el autor de este texto esté anclado en la jerga tercermundialista de los años sesenta, al menos reconoce que la ansiedad por sustituir el viejo automóvil de gasolina por el coche eléctrico o de otro tipo se verá frustrada por la emergencia de recursos que sacudirá el mundo. La cuestión a plantear es si conviene separar la crítica del automóvil, es decir, de la movilidad privada, de la crítica de la movilidad y el transporte en general, como hace este autor, demasiado optimista, a nuestro juicio, sobre las posibilidades del transporte colectivo.
Es cierto, por otro lado, que el desarrollo de la automovilidad era esencial para fiscalizar una actividad tan básica como es el desplazamiento. Al hacer del desplazamiento una norma, la capacidad para valorizar el transporte se multiplicaba al infinito, y con ello se daba vida a una nueva forma de economía, ampliando sus límites y su densidad. La doctrina de la automovilidad está en gran manera basada sobre la concentración productiva, la planificación urbana y la especialización laboral. Sin embargo, esto significa sólo un primer paso de la automovilidad. Es posible recordar todavía los grandes centros urbanos y fabriles donde la automovilidad era aún en gran parte colectiva. A partir de Ford, no obstante, comienza a desarrollarse una nueva época, la de la automovilidad privada, gran salto antropológico, si se nos permite la expresión, que culminará en los años cincuenta del pasado siglo, con la extensión del uso del coche a los jóvenes y adolescentes, el apogeo de la publicidad automovilística, las grandes congestiones de tráfico, los efectos contaminantes, las estadísticas de muerte por accidente, etc. El automóvil privado había conquistado su lugar en la historia.
En 1958, el historiador Lewis Mumford alertaba sobre los peligros patentes de la motorización privada en Estados Unidos. En un artículo publicado aquel año comenzaba diciendo:
Cuando el pueblo americano, a través de su Congreso, votó recientemente –1957– para un programa de autopistas de veintiséis mil millones de dólares, lo más compasivo es asumir que con este acto no tenían la más remota idea de lo que estaban haciendo. En los próximos quince años sin duda se darán cuenta; pero para entonces será demasiado tarde para corregir todo el daño que este programa, mal concebido y absurdamente desequilibrado, habrá causado a nuestras ciudades y zonas de campo.
Y Mumford añadía más abajo:
Pues el modo de vida americano de hoy día está fundado no sólo en el transporte de motor sino en la religión del coche, y los sacrificios que las personas están preparadas para hacer por esta religión superan los límites de la crítica racional. Tal vez la única cosa que podría hacer entrar en razón a los americanos sería una clara demostración del hecho de que su programa de autopistas, finalmente, barrerá el mismo espacio de libertad que el coche privado prometía concederles.2
A finales de los años cincuenta, Mumford observaba con inquietud el devastador crecimiento de las ciudades americanas, ampliadas irracionalmente dentro de los circuitos de desplazamiento motorizado, atravesadas o circundadas por redes de autovías que las convertían en infiernos invivibles. El transporte motorizado automóvil se había desarrollado a costa de cualquier criterio de sensatez, imponiéndose sobre la necesidad de transporte y convirtiendo ésta en una falsa necesidad más de la era industrial. Mumford, humanista y reformador, todavía albergaba esperanzas de que la cultura urbana pudiera combinarse aún con un hábitat campestre y apacible, donde el acto de caminar no estuviera proscrito o marginado por los otros medios de transporte.
Conviene recordar que fue por aquella época, concretamente en el año 1957, cuando se publicaba en Norteamérica la memorable novela de Jack Kerouac, On the Road3, recuento desenfrenado de algunos años de la vida de su autor y sus amigos. En sus páginas se mostraba, tal vez por vez primera, el vínculo entre libertad y movilidad asociado a la nueva generación. La novela recreaba los viajes «costa a costa» realizados sin descanso por un grupo de gente que se sentían al margen de una sociedad que, sin embargo, les había impuesto la movilidad como condena. Es en ese tiempo cuando se creó la épica de una autonomía entendida como posibilidad de desplazamiento incesante.
Se tardaría algunos años en advertir la trampa letal a la que había sido conducida la población desarraigada de las nuevas ciudades industriales de Norteamérica. En uno de sus últimos libros, el ya amargado, reaccionario y alcoholizado Kerouac, poco antes de morir, se lamentaba de la deshumanización que había creado la vida industrial y mecanizada de su querido país y se preguntaba: «Dime una cosa: ¿por qué hoy día la gente tiene ese modo de andar con los hombros hundidos y arrastrando los pies? ¿Se debe a que están acostumbrados a andar únicamente cuando cruzan los aparcamientos? ¿Les ha llenado el automóvil de tanta vanidad que caminan como una panda de matones haraganes sin destinos concreto?»4.
Cincuenta años después de las palabras de Mumford y de la novela de Kerouac podemos comprobar que las ciudades, en relación con las vías de transporte, han continuado su crecimiento irracional. La concentración de servicios ha continuado su hipertrofia y las ciudades se han hecho inmensas, absorbiendo las barriadas y pueblos de la periferia, aumentando la complejidad de las redes de acceso y convirtiendo los espacios urbanos en lugares indeseables para vivir. Si muchos de los antiguos problemas no se han resuelto, otros nuevos han venido a situarse a su lado.
La crítica ecológica del automóvil y el transporte mecanizado sigue presa en lo que podríamos calificar como «planificación aceptable». Es decir, que ante los excesos y abusos causados por el autotransporte en nuestras vidas y entornos, se proponen medidas parciales o posibilidades de alivio, y no se abordan cuestiones de raíz. O, al contrario, se abordan soluciones globales, con visos de radicalidad, pero en el limbo de la omnipotencia tecnológica. En uno de los primeros estudios críticos sobre la movilidad, el transporte y el automóvil, publicado a comienzos de los años setenta por Patrick Rivers, un activista ecologista, La generación inquieta. Una crisis de la movilidad5, su autor citaba la serie de propuestas del manifiesto Blueprint for Survival, entre ellas, la «creación de un nuevo sistema social». En primer lugar, no deja de tener gracia que la creación de un nuevo sistema social se ponga dentro de una lista, como una propuestas más… cuando lo cierto es que ésta sería más bien la propuesta, a la que cualquier otra medida o sugerencia tendría que pagar tributo. En efecto, ¿cómo hablar de restablecer el equilibrio demográfico o cambiar la economía de recursos dentro de este sistema social? La posibilidad de una transformación técnica, económica y organizativa nos remite siempre a la incógnita de una revolución desconocida, imposible por ahora de racionalizar. Escribía Rivers: «El impacto que una descentralización ocasionaría en los transportes y en los viajes sería impresionante. Con la industria y la agricultura localizadas, las distancias de la comunidad disminuirían y habría menos necesidad de transportar géneros entre las poblaciones. Con la planificación de una comunidad compacta se podrían hacer a pie la mayor parte de los viajes o por medio del transporte público, etc., etc.»
Rivers asume además que esta gran descentralización será acompañada de una gran revolución tecnológica, en especial, de las telecomunicaciones, que ayudará a completar esta utopía social de una sociedad de movilidad razonable: «El perfeccionamiento de las telecomunicaciones podría aliviar la presión que sufre Londres y otros grandes centros como sitio óptimo para establecer la sede de cualquier organización, ya sea gubernamental, industrial, educativa». Por lo que parece la imaginación ecologista no ha conseguido, desde el principio, separarse de la ley de la gravedad del poder, incapaz de concebir que la organización social emprenda otro rumbo que no sea concéntrico. Así mismo, la contradicción de una cultura material sostenida masivamente por las redes inmateriales de procesamiento de información sigue siendo la gran asignatura pendiente de los nuevos reformadores sociales. Entre ellos, figuran los representantes de la llamada «ecología social» de hoy. Citaremos un fragmento encontrado en un dossier dedicado a la cuestión y editado recientemente:
Lo justo es que el Estado garantice el derecho a la movilidad con unos buenos sistemas de transporte público, a los que las personas con menos recursos puedan tener un acceso tan subvencionado como sea necesario para garantizar sus derechos, con los diversos mecanismos posibles.6
Más abajo su autor cita algunas «experiencias de restricción al coche en las ciudades». Nos habla de ciudades como Múnich, Oslo, Ámsterdam, Berlín, Roma, Bolonia, Copenhague, Viena, etc. En todas estas ciudades se han dado pasos, según el autor, para limitar el tráfico de coches y hacer ciudades más transitables.
Estas citas demuestran que el ecologismo de hoy concede al Estado el protagonismo para efectuar cualquier cambio en la vida colectiva. En segundo lugar, el hecho de que se presenten algunas de las ciudades más ricas del mundo, auténticos centros de poder bancario y burocrático, como ejemplos de políticas de limitación a una automovilidad abusiva, nos dice mucho del imaginario ecologista de hoy. Realmente las posibilidades son aterradoras: para el ecologismo actual ya sólo el Estado y el neocapitalimo centralizado pueden ser los agentes de transformación social.
Queda por decir que la crítica del transporte y del automóvil es inseparable de la crítica del Estado, del centralismo productivo, de la tecnología industrial y de la vida cotidiana. Así mismo, y si queremos ser consecuentes, replantearnos el transporte y la movilidad implica un serio cuestionamiento no sólo de nuestro modo de vida, sino de las actuaciones que seguiremos para orientar un cambio social radical. El ecologismo de Estado, el ecologismo fascinado por el capitalismo ambiental de los países ricos, el ecologismo de la planificación, constituye hoy un enorme obstáculo para que se puedan desarrollar perspectivas de acción y organización colectiva opuestas a las tendencias destructivas actuales.
Pero desde el punto de vista del empleo de la energía la automovilidad motorizada se convierte además en un imposible para la supervivencia. Mumford clamaba todavía, con cierta ingenuidad, por coches eléctricos de reducido tamaño. Pero la cuestión vital consiste en preguntarse si la automovilidad motorizada es algo más que una necesidad creada, con un precio imponderable. Resulta cómico que al coche se le nombre «automóvil», cuando de todos los medios de traslación de la historia humana, quizá sea el menos dotado de autonomía. En efecto, el llamado automóvil, como mero artefacto, se inserta dentro de un orden técnico y económico que necesita movilizar increíbles fuerzas materiales, políticas, ingenieriles, legislativas, etc., para poder circular por una carretera.
Su capacidad de movimiento autónomo es una ficción que ha necesitado transformar el mundo, hacerlo a su medida, para que resulte creíble. La expansión interior del vehículo automóvil se acompaña por una violencia creciente en los límites externos de la vida social y económica (contaminación mortífera, accidentes, guerra, inflación, derroche energético, alienación, etc.,). Es decir, que a medida que se consolida el uso del automóvil en la vida diaria de las poblaciones de muchos países, crece la espiral de absurdos amenazantes de la economía política del automóvil, sin ver que los costes que se acumulan por dicho uso no son externos, sino que conforman el carácter suicida de la movilidad y el transporte de la sociedad contemporánea.
Cuanto más cotidiano, cercano, hogareño y práctico se vuelve el automóvil más nos oculta el perímetro destructivo que difunde. La automovilidad ficticia que proporciona el automóvil oculta la peligrosidad y la dependencia que constituye nuestro mundo moderno, sometido a los imperativos despóticos de dicha autonomía. La energía empleada, de manera global, en la actividad de transporte de personas y mercancías constituye además un inmenso dislate social y económico, pero dado que además dicha energía proviene de fuentes agotables, el absurdo se revela mayor, al aceptar que el elemento dinamizador de la actividad económica, el transporte motorizado, tiene un futuro más que sombrío. Por otro lado, es un lugar común constatar que la participación muy importante en la contaminación biosférica del transporte motorizado barre cualquier duda que pudiera quedar en cuanto a la rentabilidad de dicho medio de transporte. La automovilidad no ha surgido de ninguna necesidad común, consensuada, racional, que una sociedad determinada pudiera plantearse, ha sido sólo un lujo demencial ejercido por las poblaciones de ciertas zonas de los países desarrollados, a costa del saqueo de otras poblaciones y zonas naturales, y a costa también de la propia alienación a un objeto de consumo suntuario.
La automovilidad ha sido el privilegio de una sociedad embriagada de poder, una guerra relámpago que ha durado poco más de un siglo y que ha hecho más profunda la brecha de la iniquidad y del deterioro físico del entorno. Y decimos premeditadamente «ha sido», pues aunque la automovilidad pueda todavía prolongar su reinado durante algunas décadas, su existencia está herida de muerte: a pesar de los esfuerzos descomunales de la propaganda apologética, la automovilidad ha recorrido ya hasta el final su trayecto de destrucción. En torno al automóvil se ciernen ya los demonios desatados que preparan su final (encarecimiento del combustible y caos ecológico, sobre todo). El automóvil ha sido la máquina de guerra que ha envuelto al occidente desarrollado en una paz autoindulgente e insensata: la paz del week-end, de la escapada en automóvil hacia la playa o la montaña, la paz blindada por el control armado de países remotos.
La extensión del automóvil ha profundizado un sistema de vida cada vez más ajeno a los efectos de la economía de guerra que aquel necesita para su mantenimiento. Esta situación desplegará inevitablemente todas sus contradicciones a lo largo del presente siglo.
1 Hosea Jaffe, Parangon 2005, publicado originalmente en italiano.
2 Extraído del artículo que da título a su libro The Highway and the City, Mentor Books, 1964.
3 En el camino, trad. de XX, Anagrama, XX.
4 La vanidad de los Duluoz, trad. de XX, Anagrama, 1997.
5 Trad. de XX, Plaza&Janés, 1974.
6 Del artículo «Ideas para cambiar nuestra hipertrófica e insostenible movilidad: alternativas al coche», escrito por un miembro de Ecologistas en Acción y publicado dentro del conglomerado de revistas La Lletra A, Ecologista y Libre Pensamiento: Vivir dignamente es un derecho. Creando alternativas, invierno de 2006-07.
1 ¿Qué somos? Una respuesta común a esta pregunta es que somos seres humanos. Esos dos términos son los más usados para autoreferirnos, aunque no digan mucho acerca de nosotros. El ser un humano parece ser algo especial. ¿Pero no es cierto que también somos animales? ¿Porqué no llamarnos a nosotros mismos con este apelativo? Según la biología somos una especie animal del tipo de los Cordados, subtipo Vertebrados, clase Mamíferos, orden Primates, superfamilia Hominoideos, familia Homínidos, género Homo, especie sapiens. Son muchas palabras para describir algo muy simple: somos simios. Sólo lo último - una capacidad intelectual elevada (sapiens) - nos separa de nuestros parientes genéticos más cercanos1, y en cada una de las clasificaciones anteriores hay algo que nos une al resto de todos los animales, ya que pertencer a los “cordados” significa, básicamente, que nuestro cuerpo lo conforman dos lados simétricos, una columna vertebral y un centro nervioso, al igual que todos los demás.
Sin embargo, preferimos alejar estos deshonrosos calificativos de nuestro lenguaje al hablar de nuestra especie, pues la idea de imaginarnos a nosotros mismos como un animal omnívoro con tendencia arborícola (esto quiere decir que estamos genéticamente preparados para consumir ante todo frutos y semillas) que, dependiendo de las estaciones migra para alimentarse, ligado, al igual que todo el resto de los animales, a los ciclos de la naturaleza, no le resulta halagadora a la mayoría. Sin embargo, es asi como vivieron los humanos por mucho tiempo (y hay grupos que aún lo hacen), y no eran “menos evolucionados” por esto, ni correspondían con el arquetipo de “hombre de las cavernas” con la apariencia de un neardenthal – en vez de un sapiens- y un garrote en la mano, que arrastra a su hembra con la otra jalándola de los cabellos. No. Nuestro capital genético es el mismo desde el hace 200 mil años, y considerando que una especie de mamíferos vive en promedio 3 millones de años, somos unos recién nacidos en escala evolutiva. Esto quiere decir que los humanos de hace 200 mil años básicamente eran iguales a nosotros, esto es, sus cuerpos y capacidades eran iguales a las nuestras. Es muy posible que su manera de estructurar ideas haya sido distinta a la nuestra dado que aún no atravesaban el trauma de la civilización, y su lenguaje era menos arbitrario que lo que son las lenguas modernas2.
A pesar de esto, la idea de que somos superiores, aún a lo que éramos, nos inunda. Existe la idea generalizada, la fe ciega en que nuestro futuro está asegurado en manos de la ciencia y la teconología, sin darnos cuenta de que muy pocos humanos accederán a este priviliegio, mientras el resto sufriremos las consecuencias de un juego autodestructivo donde todas y todos jugamos pero ganan los mismos de siempre. Empero, seguimos debastando, seguimos reproduciéndonos, seguimos sometiendo y dominando, como si el mandato del Génesis3 hubiese sido pronunciado ayer por algún dios creador. En cualquier caso, este sería el único mandato divino que se ha cumplido al pie de la letra, ya que cerca de dos tercios de la superficie terrestre han sido ya arrasados por la civilizacion global. Sólo hace falta mirar qué han hecho con África; miles y miles de kilometros de selva convertidos en desierto. Pero no hay que ir tan lejos para contemplar una devastación como ésta en curso: el Amazonas es deborado por las industrias de la soja y la ganadería. La primera para alimentar a la segunda. Y la segunda para enfermar a quienes comen los cuerpos de los animales cuyas vidas y muertes son destinadas a este fin. Tampoco es suficiente saber que el 90% del tiempo que llevamos en la tierra lo hemos pasado “incivilizados”, sin ninguna de las supuestas necesidades que tenemos hoy, y si bien la vida nómade y en contacto directo con el medio natural no resultaba cómoda y alertagada, al menos nuestra existencia dependía de nuestras propias capacidades y de la cooperación entre nosotros y otras especies, y no de la fluctuaciones de la bolsa en Estados Unidos o el humor de nuestros superiores jerárquicos. Tampoco parece ser suficiente saber que entre el 10 y el 20% de todas las especies estarán extintas en menos de 50 años (un cálculo optimista)4. Ante argumentos como estos, surgen frases como “las especies se extinguían antes de que existieran los humanos”, “la extinción es un proceso natural”, o “el ser humano es un depredador natural”, y un largo etcétera. Los poderosos y sus medios de control cultural han hecho tan bien su trabajo que los animales humanos, tan domésticados como su ganado, están condicionados para agachar dócilmente la cabeza y omitir las señales de alerta para seguir siéndoles útiles al capitalismo.
El problema, es cierto, no es que ocurran extinciones, pero si lo es que las prácticas de una especie las provoquen artificialmente. En un proceso de extinción natural existe el tiempo suficiente para que, a pesar de la desaparición de una o varias especies, la biodiversidad no se altere, y hayan “especies de recambio” para el siguiente ciclo evolutivo. La continuidad de la vida queda así asegurada; todo lo contrario a lo que sucede en la extinción actual. Lo cierto es que el industrialismo, camino obligado de una civilización con tecnología tan avanzada como la occidental, ha sido el causante de la multiplicación entre 100 y 1000% de la tasa de extinción de especies en comparación con procesos de desaparición de especies anteriores.
Respecto al supuesto carácter natural de la depredación de los humanos, cabría preguntarse a quién o a quiénes le(s) conviene que pensemos de esta forma. El hecho de generar símbolos donde se asocie a nuestra especie a la idea que tenemos de un animal depredador, no es azaroso, sino una tradición antiquísma que tiene su origen en la caza como símbolo del poderío humano sobre la presa. Actualmente, en el crisol de ideas asociadas a la depredación, aparecen de inmediato, por ejemplo, la imagen de un hermoso león africano cazando y devorando una gacela thompson, o la de un enorme tigre siberiano rugiendo, y esto sucede no porque la mayoría de nosotros haya pasado algún tiempo sobreviviendo en la Sabana africana, o en algún pedazo de selva en la India (ambos lugares que se encuentran más en el imaginario colectivo que en la realidad), sino porque una y otra vez los grandes felinos han sido utilizados por el marketing como símbolos del poder y la destreza del hombre de negocios, del capitalista exitoso 5 pues, ¿no es esto una “selva de cemento”? ¿No rige la “ley del más fuerte” en la ciudad? Qué natural parece, entonces, comparlo con el “Rey de la Selva”. Lo cierto es que en la selva no existen monarquías; éstas, junto con la explotación y la inmensa capacidad destructiva siguen formando parte de las exclusividades de las que algunos humanos han gozado a través de toda la historia civilizada. Todas mentiras para naturalizar la lógica de la competición capitalista y hacernos digerir sin problemas la idea del dominio y la explotación, tanto entre nosotros como hacia otros animales.
Lo cierto, acerca de lo que morfológica y fisiolócamente somos, es que no somos alimentariamente especializados como un león o una vaca. Ni carnívoros, ni herbíboros. Los humanos somos omnívoros. Omnívoros como un cerdo, un zorro, un chimpancé. Guardamos más similitudes con estos tres últimos que con cualquier depredador. Nuestra especie posee un pasado arborícola, y el omnivorismo forma parte de las últimas modificaciones genéticas que nos dieron origen (tal como el bipedismo), es por ello que nuestra dentadura y tracto digestivo está en perfectas condiciones de digerir fibras vegetales, mientras que para consumir carne contamos con apenas un par de pequeños colmillos y ésta tarda cuatro días en salir de nuestros intestinos donde comienza, literalmente, a pudrirse. ¿Así que no somos cazadores por excelencia? Pues no.
No es natural, por lo tanto, que nos estemos deborando el mundo.
El mito del infalible progreso se cae a pedazos frente a nosotros. Mientras la casta científica experimenta con robótica o nanotecnología, la mayoría de nosotros ni siquiera sabe como funcionan los aparatos que hay en casa. Mientras en las olimpiadas los súper atletas rompen records mundiales el resto de la población mundial se debate entre la obesidad y la hambruna, o accede con dificultad a alimentos tóxicos y alterados genéticamente para el beneficio del capitalista que los cultiva. La lógica de “libre competición” en el “libre mercado” se cuela entre nuestros niños mediante la educación formal y los artefactos del progreso. No hay nada que escape al ojo ambicioso de quienes lo impulsan. La tierra, el agua, el aire y los animales (incluidos nosotros) somos los recursos de esta civilización, pero sólo en nuestras manos está el liberarnos. Este, como muchos, es un llamado a la reflexión, pero sólo a aquella capaz de encender la llama de la acción.
Aclaración: todas las fuentes han sido publicadas con el único propósito de una posible búsqueda. La propiedad intelectual es también un robo.
Lxs autores no adscriben necesaria afinidad ideológica con las fuentes citadas.
[¿Porqué no con un cocodrilo, o una pitón? ¿No son también depredadores? En la jerarquía de las especies, que nuestra especie encabeza, los demás animales son un producto de consumo más, donde su belleza o parecido con nosotros determina su popularidad y por lo tanto su demanda. Gracias a nuestra “preferencia” por los grandes felinos es que la mayoría de ellos están por desaparecer*]
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1 Coincidimos en un 99,4% de nuestros genes con los de los chimpancés, en un 97,7% con los gorilas y en un 96,4% con los orangutanes. URL: http://www.proyectogransimio.org
2 La arbitrariedad del signo lingüístico será tratada como tema en próximos números de la publicación.
3 “Los bendijo Dios y les dijo: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra».” Génesis 1: 28. Trad. Reina Valera 1995.
Amigos de ludd: “Lo que hoy se entiende por izquierda es algo tan banal como caricaturesco”
2 Octubre 2008
1. En vuestro último boletín explicáis las razones de autodisolveros como publicación y valoráis el mayor o menor cumplimiento de vuestros objetivos. Un aspecto a destacar es el abandono de la etiqueta antiindustrial, lo que se une a vuestro esfuerzo por aclarar una de las principales críticas que se os ha hecho: la de idealizar ciertos aspectos del mundo pasado. Por un lado, vemos el peligro de que el antiindustrialismo se banalice y se convierta en una nueva moda intelectual y, por otro, una aparente dificultad de asumir o comprender vuestra crítica…
En primer lugar, no es tanto la banalización del llamado antiindustrialismo lo que puede preocuparnos, sino su instrumentalización ideológica, que pasa por un discurso reducido a lemas y fórmulas simplonas propias de la cantinela rutinaria del estudiante de bachillerato. Por supuesto, si eso ha ocurrido, no ha traspasado las fronteras de dos o tres grupúsculos ácratas, realmente, no creemos que se pueda hablar de moda… De hecho, la etiqueta antiindustrial, que nosotros sepamos, no ha sido adoptada por nadie por estos lares. Pero lo que importa es la calidad, no la cantidad. Por eso, aunque fuera a escala minoritaria, preferimos dejar claras cuales eran nuestras exigencias intelectuales. De ahí, como consecuencia secundaria, el abandono de toda etiqueta.
Segundo, es verdad que la crítica que hemos desarrollado –con muchas aportaciones de fuera, y algunas propias– es difícil de asumir, pues su denuncia radical a la sociedad actual es patente: en realidad ¿qué se puede esperar? ¿en qué se puede creer? Cuando la democracia parlamentaria no tiene, desde sus orígenes, nada de verdaderamente democrática y cada día más descubre su rostro parlamentarista tras el cual se esconde –¿se esconde?– una tecnocracia mercantil con fines propiamente totalitarios, que opera mediante el adoctrinamiento de masas y el embrutecimiento consumista; cuando partidos, sindicatos, grupos ecologistas y otras asociaciones obran juntos por el progreso económico y tecnológico de la sociedad (o institución estatal), esto es, por la gestión del desastre; cuando el impresionante sistema de producción acarrea todo tipo de efectos nocivos y estragos (ahora tangibles a escala planetaria) y ha acabado con la autonomía material de muchos pueblos; cuando nos empuja a una terrible emergencia universal; cuando la moral cívica se resume en una cobarde ceguera sobre las consecuencias de la vida moderna y prefiere sacrificar lo necesario en aras de lo superfluo. El hundimiento existencial y moral de muchos individuos es un hecho consumado. Como mucho, algunos se sienten pringados, pero no van mas allá. En realidad, todos lo estamos en mayor o menor medida. Esta es la desmesurada victoria del sistema actual.
2. ¿En qué momento histórico nos encontramos?
El momento histórico en el que nos hallamos es difícil de definir. Renunciamos a dar una caracterización que pretenda abarcarlo todo. Nos centramos obviamente en lo que para nosotros es fundamental. Creemos que los años venideros traerán una radicalización de las tendencias actuales. Estas tendencias se expresan en los nuevos conflictos bélicos, en la emergencia climática y el caos ecológico que se manifiesta ya de mil maneras, en la inquietud por las fuentes de energía y la búsqueda de agua… Muchos dirán que la situación no es muy diferente de la que se vivía a principios de los años setenta. Cierto, pero ahora nos encontramos con acentos inquietantes. Por ejemplo, las previsiones que se hacían entonces con respecto al calentamiento del planeta o al agotamiento de recursos energéticos se anuncian ahora como hechos probados. El triunfo de la economía moderna, industrial, desarrollista se impone en naciones como China o Polonia, que antaño contaban con una fuerte base campesina. Después de los conflictivos años setenta, hemos asistido a un resurgir paulatino de la esperanza tecnológica: desarrollo de la informatización, de las comunicaciones, del papel de la ciencia en el desarrollo… Pero, de nuevo, este aire progresista e innovador de la nueva sociedad es lo que vuelve más temible la dimensión de sus avances destructivos en otros terrenos.
El poder alcanzado hoy por las élites dirigentes ha hecho palidecer las décadas que siguieron a la posguerra, ya que hoy no existe en ningún lugar del mundo algo que se parezca a una oposición política consecuente y que tenga suficiente peso. La acumulación de poder en occidente no ha seguido un rumbo autocrático, como muchos podrían creer, sino que simplemente se ha fortificado en el asentimiento de masas enteras de la población, y esto es algo que debería hacer reflexionar a aquellos que pretenden reavivar una práctica política que se ha quedado privada de toda base. La tensión bélica y policial de nuestro presente se dirige, sobre todo, a asegurar el control sobre mercados, fuentes de energía y materias primas, elementos de los que depende nuestra existencia diaria. Para nosotros no basta hablar de guerra imperialista para denominar los nuevos fenómenos de control global y agresión internacional, lo que realmente debe llamarnos a la reflexión es el hecho de que el occidente industrializado no puede renunciar a dicho control sin destruirse a sí mismo, y esto incluye, claro, los más minúsculos hábitos de cualquier habitante de los llamados países desarrollados. Lo más terrible de nuestra época no es la dimensión que se ha alcanzado en el desastre, sino la ausencia de un esfuerzo colectivo por comprender y actuar.
3. ¿Cuál es vuestra crítica al izquierdismo-progresismo?
Lo que se entiende hoy por izquierda es algo tan banal como caricaturesco. Lo que resulta más triste es que a los que no participamos del izquierdismo activista o del sindicalismo, se nos reproche una actitud cómoda, abstracta o inoperante. Nosotros respetamos en general las actitudes de izquierda que son comunes a miles de personas en este país, pero no compartimos sus obsesiones ni sus causas. Vamos a citar un ejemplo bien conocido hoy: el discurso sobre la llamada «precariedad». Para nosotros, bajo la lamentación tan actual de muchos izquierdistas bienintencionados con respecto a la precariedad, lo que se esconde es el lenguaje mismo del Estado de bienestar, que no permite que se expresen otras críticas si no es en la forma de las falsas necesidades que el Estado establece. El discurso de la precariedad es el canto apologético al sistema de hoy, que ya ha establecido mediante la propaganda y la coacción, como debe ser administrada la «abundancia envenenada» del capitalismo industrial. El precarismo origina el discurso ramplón sobre «viviendas dignas» para los jóvenes, empleos fijos y estables, etc.
Todas estas peticiones traducen la sensación colectiva de que es imposible escapar al chantaje del sistema. El sindicalismo ha creado el lenguaje de la precariedad y lo ha adoptado como lenguaje propio. No podemos negar que en otras épocas las reivindicaciones puramente materiales o económicas, de derechos laborales, etc., fueran parte de la estrategia de lucha de las masas obreras, pero entonces, en los años treinta del pasado siglo, la situación era muy diferente, ya que todo ello convivía con una cultura de lucha obrera y con un conflicto vivido masivamente. Pero habría que ver a qué han conducido las luchas por las mejoras en el medio proletario y qué es lo que realmente implicaban desde una perspectiva amplia. En el artículo de Michael Seidman, «La maternidad del week-end», editado por el colectivo Etcetera en forma de folleto, es interesante ver cómo las derivas de las luchas obreras de aquella época por conquistar el fin de semana como tiempo libre, junto con otras mejoras, estaban ya dentro de una estrategia de adaptación a la sociedad de consumo. Seidman describe cómo el tiempo libre conquistado por los obreros podía ser pronto asimilado al consumo turístico y la industria de ocio. Los sindicatos franceses empiezan entonces a gestionar las vacaciones obreras, hablan de ocio y piden el «derecho a la nieve» para sus trabajadores.
Es verdad que Seidman da una valoración positiva a las luchas por el week-end en aquella época, señalando su potencial subversivo, pero para nosotros es fácil observar ahí uno de los muchos pasos hacia la justificación del bienestar obrero como causa última. Por otro lado, hay que ver cuál es el trasfondo de las peticiones obreras, ya George Orwell en su época se quejaba de que los aumentos salariales de los mineros británicos, logrados por la lucha sindical, suponían un grado de explotación más sobre el proletariado colonial de la India. Esto no es hacer demagogia, a menudo se dice que las reivindicaciones económicas de los trabajadores son el único terreno de lucha concreta desde el que es posible construir el antagonismo. ¡Esto sí que es teoría! Después de más de treinta años de sindicalismo, radical o no, en este país, se ve claramente que las luchas de los trabajadores sólo han llevado a la glorificación del sistema tal y como lo conocemos: división del trabajo, tecnificación, alimentos sucedáneos, urbanismo masificado, alienación en el ocio, educación y salud gestionadas por el Estado o el capital privado… Hay que constatar que todo lo que el trabajador puede conseguir hoy con su salario le ata más fuertemente al sistema de alienación y embrutecimiento, y le hace partícipe de la explotación neocolonial y la destrucción de la naturaleza. Al luchar por la supervivencia individual es imposible no caer en esta trampa, todos estamos presos en ella, pero lo que denunciamos es que el bienestar laboral y económico se convierta en causa política.
Sin embargo, este es sólo un aspecto del izquierdismo. En años recientes hemos tenido que asistir al renacimiento de una izquierda autoconsiderada utópica y radical, que coronó los llamados movimientos antiglobalización o de resistencia global. La retórica de este movimiento carecía de articulación social visible, se trataba de un movimiento con una cresta intelectual perfectamente prescindible (los Toni Negri, Susan George, Bové, Klein, Ramonet, Manu Chao, etc.,) y con una representación militante compuesta por activistas vocacionales. Y cabe precisar: no es sólo en términos cuantitativos que la base social de este movimiento ha estado ausente, sino sobre todo en lo cualitativo, en efecto, ¿qué es de la vida cotidiana de cada uno de los manifestantes en contra de la guerra o de la catástrofe del Prestige? Hubo descerebrados que colgaban pegatinas de «no a la guerra»… ¡en sus automoviles todoterreno! Muchas personas que participaban en las manifestaciones no estaban dispuestas a establecer ninguna relación con la guerra y su particular modo de vida, estaban ansiosos por descargar su desesperación sobre el gobierno, Bush o las multinacionales y, desde luego, las organizaciones de izquierda se aprovechaban de ese sentimiento vago de indignación ciudadana para conducirlo hacia sus fines partidistas. No somos tan puristas como para exigir una absoluta coherencia entre las ideas que uno defiende y su modo de vida, ya que nosotros somos los primeros en estar atrapados en este sistema, pero lo que realmente nos interesa es que las luchas políticas revelen de la forma más honesta posible la dependencia que todos tenemos de este sistema.
Por otro lado, y del lado de la verdadera contestación radical, algunos escritos como los de Miguel Amorós o Carlos García, ya en aquel momento, pusieron los puntos sobre las íes, mal que les pese a muchos, para demostrar que el movimiento anti-guerra se reducía al plano simbólico y era incapaz de recurrir siquiera a instrumentos de lucha social como la huelga general…
Este anti-capitalismo de los anti-guerra y los anti-globalización era en verdad una revisión hecha de leninismo, tercermundialismo y ecopopulismo, pero todo ello remozado con el discurso de las nuevas libertades del mundo red y el asistencialismo de Estado (no en vano, la vanguardia intelectual del movimiento de resistencia global exigía, entre otras cosas, la renta básica, el software libre y la libertad de movimientos transfronterizos, como si de consignas revolucionarias se trataran, cuando en realidad todo ello traduce muy bien los mecanismos de funcionamiento que el sistema necesitará –y necesita ya– para dirigir y regular la nueva economía…). En España el límite máximo de la tontería se cruzó en las elecciones de marzo de 2004, donde toda esa izquierda banal, que además había sido llevada al estrellato por los media en la oposición, se desinfló en la nada. Todavía hay cretinos que creen que la derrota del Partido Popular fue un éxito para algo, y que los teléfonos móviles fueron el medio técnico subversivo que contribuyó a tan glorioso fin…
4. También oponéis en buena medida a la ecología con el ecologismo…
Nosotros apreciamos la ecología como ciencia de la tierra, como disciplina enfocada a estudiar la historia y el equilibrio de los sistemas naturales. De hecho, pensamos que sin ecología no cabe pensar ninguna política futura. Lo que rechazamos es el ecologismo, es decir, la serie de movimientos ciudadanos que desde los años cincuenta en Estados Unidos, y después en Europa, se han adueñado de la cuestión ecológica, separándola de la cuestión social, en muchas ocasiones, o uniendo ambas, previo vaciado de contenido de dicha cuestión social, opción ésta todavía de peores consecuencias.
Ciertamente, los que se apropian hoy del concepto de «ecología social» sólo ejercen un tímido izquierdismo reivindicativo, muy conveniente para el Estado y sus instituciones. La visión integral de una sociedad organizada sobre otras bases y dispuesta de otra manera con respecto a la naturaleza, visión que se alcanzó en algunos momentos de las primeras décadas del siglo XX dentro de algunas corrientes libertarias, se ha perdido por completo. Y las organizaciones ecologistas, que negocian con el Estado las condiciones «medioambientales» en las que debemos vivir, son las primeras interesadas en que esta visión integral de lo ecológico y lo social no se recupere. En parte porque el medioambientalismo se ha convertido en una forma de vida para ellos, en parte también por pereza o ignorancia. El ecologismo institucional, del que Ramón Germinal ya hizo una crítica precisamente en las páginas de Ekintza, junto con el sindicalismo, son hoy los dos grandes pilares donde se apoya la propaganda capitalista para obnubilar la conciencia e impedir que se formen expresiones de crítica radical.
Por otro lado, el papel del ecologista institucional se confirma como el experto medioambiental del futuro, dentro de la nueva fase de caos ecológico y social que se avecina: menos biodiversidad, grandes sequías, desorden del clima, escasez energética… En medio de todo ello, el ecólogo, el cronista medioambiental, tendrá su lugar, ya lo tiene, como experto oficial en el que las clases en el poder se apoyarán para interpretar los procesos destructivos en términos aceptables para el control de la población.
5. ¿Qué luchas o iniciativas os parece que pueden ser interesantes en los tiempos actuales?
Muchos nos lanzan el reproche cínico de que nuestras ideas conducen al derrotismo o la parálisis. Por el contrario, bien interpretadas, nuestras ideas son casi una llamada desesperada a empezar a hacer cosas, aunque, claro, no las cosas que les gustan a los intelectuales de izquierda, a los sindicalistas o a los activistas de la red.
En un primer caso, habría que resaltar como imprescindible la actividad teórica, comprensiva y de difusión de ideas. Las ideas que hemos defendido en nuestro boletín ya habían sido lanzadas al aire por otros antes que nosotros. A nuestro juicio, hay dos textos claves que aparecieron a finales de los años noventa. Uno sería «Los destructores de máquinas» de Christian Ferrer, del año 1997, si no nos equivocamos, que debe ser uno de los primeros textos en castellano que recupera el referente de los ludditas; el otro es el panfleto, bastante conocido, «¿Dónde estamos?» de Miguel Amorós, de 1999, compendio indispensable que resume muchas de las posiciones teóricas que nosotros hemos adoptado después. Creemos que era necesario hacer mención a estos dos escritos. Más allá de ello, están las revistas veteranas como la misma Ekintza, o la del colectivo Etcétera de Barcelona, que son reductos aún del pensamiento libertario. Otras publicaciones han aparecido como Ecotopía, Buruz Buru o Pimiento verde, dispares entre sí, desde luego, pero que tenían el ánimo común de aunar crítica ecológica y crítica social. Tambien es de agradecer la labor editorial de iniciativas como Alikornio, Octaedro, Muturreko, Virus, con.otros, Pepitas de Calabaza, que con pocos medios, en general, han puesto a disposición de la gente textos importantes para la crítica de la sociedad industrial. Finalmente, mencionaremos la revista Resquicios, que desde Bilbao trata de continuar la senda de la crítica antiprogresista.
En fin, todo esto por lo que se refiere a la difusión de ideas. También creemos que hay que prestar atención y apoyo a las pocas luchas anti-desarrollistas que se libran en el estado. Los ejemplos de Itoiz o la Punta, en Valencia, mostraron hasta el final la brutalidad del sistema imperante. Otras luchas han continuado también en la sombra, como la Asamblea anti-TAV, en Euskadi, o la lucha anti-transgénica llevada a cabo por elementos de Transgenics Fora!, en Cataluña. Todas estas luchas tienen que ser, por fuerza, minoritarias, pero hoy son de los pocos ejemplos de una oposición anti-desarrollo que conocemos.
Finalmente, nosotros prestamos especial atención a los proyectos constructivos basados en el cooperativismo, apoyo mutuo, autogestión… En la zona de Madrid tenemos los ejemplos de comunidades cooperativas como el BAH o los Apisquillos, que desarrollan un trabajo muy interesante. Las cooperativas de producción y consumo son un paso importante para la construcción de la autosuficiencia y la recuperación de saberes olvidados. Igualmente, la organización de escuelas libres, las redes de intercambio y de trueque, la autogestión de la salud forman puntales para el diseño de una sociedad autónoma en el futuro.
El problema es que, como ya hemos dicho en más de una ocasión, todas estas iniciativas son todavía minúsculas, sobreviven en el subterráneo. Falta un lenguaje común e independiente que pueda unificar todas estas experiencias, falta continuidad entre ellas, falta también que muchas más personas se comprometan, desde las ciudades, pequeñas o grandes, desde los pueblos y las aldeas, para llegar a formar esa gran comunidad de prácticas e ideas que necesitamos.
6. Vosotros desecháis la idea de la revolución, pero rescatáis la necesidad de la utopía…
No es que rechazemos totalmente la idea de revolución, sino que las circunstancias que hemos examinado anteriormente hacen imposible que se pueda producir una revolución. Otra cosa sería examinar lo que han significado históricamente las revoluciones en el pasado, ya que bajo ese término englobamos fenómenos muy diferentes… No tienen nada que ver, o muy poco, las revoluciones previas al siglo XIX, como la americana o la francesa, con lo que fueron las revoluciones sociales desde 1848 en adelante, y que fueron cada vez más definiendo sus medios y sus objetivos: Comuna de París, 1905 en Rusia, la revolución alemana de los consejos… El punto culminante se alcanza, para nosotros, entre 1936 y 1937, durante la guerra civil española, concretamente en Cataluña y Aragón, donde todas las fuerzas de la reacción –burgueses, estalinistas, fascistas– se unieron de alguna forma para aplastar la revolución social de signo libertario.
Mediante el exterminio y la disgregación forzosa de los elementos revolucionarios de aquella época se ha borrado toda memoria del proyecto social de emancipación del anarquismo ibérico, lo que constituye una atroz victoria del sistema actual de dominación. Lo que vino después, las sublevaciones en los países bajo el estalinismo, o las revueltas del proletariado autónomo, constituyeron las últimas algaradas de la lucha antipoder, que ya se veía acorralada en las mismas contradicciones del sistema técnico-capitalista y en los mecanismos de consumo y compensación, industria del ocio, etc. Todo ello forma un marco insuperable para cualquier revolución al viejo estilo, nos guste o no. Pero del hecho de que la revolución se haya hecho casi inimaginable no se sigue que debamos renunciar a conservar un ideal social deseable. Sin este ideal social, cualquier lucha carecería de sentido. Este ideal como ya dijimos en nuestro último boletín, constituye un horizonte al que debemos siempre dirigir nuestros esfuerzos, incluso aunque sepamos que es inalcanzable. Este es para nosotros el sentido de la utopía.
7. Os quisiéramos plantear un ejemplo concreto a la hora de abordar la dificultad de llevar la crítica a la práctica. La globalización económica ha generado en occidente fenómenos como la reconversión o la deslocalización industrial. Ante un hecho tan problemático como éste, vemos cómo la defensa del puesto de trabajo y el miedo al desempleo es, por lo general, el único elemento movilizador de trabajadores y sindicatos (incluidos los más radicales). Sin embargo, en muchos casos, lo que se elabora en estas empresas son automóviles, armas, químicos y otros productos innecesarios cuya desaparición parece ser una de las condiciones para generar otro tipo de sociedad ¿Cómo creéis que se puede empezar a romper esta lógica y abrir nuevas perspectivas?
Intentaremos ser concisos. Nosotros consideramos que el lugar de la lucha y de la reflexión sigue siendo el trabajo, pero no a la manera de las ideologías de izquierda, en cuanto a la dialéctica capital/trabajo. Por el contrario, consideramos que esa perspectiva está agotada, las luchas laborales, obreristas, sindicales, etc., las luchas que han alimentado durante décadas a la izquierda son, para nosotros, un terreno nulo de acción y reflexión. Nosotros creemos que la reflexión sobre el trabajo comienza, justamente, a partir de la negación o superación de esas cuestiones… Es por eso que esta lógica de la que habláis es tan difícil de romper. Nosotros mantenemos una creencia que es muy antipática e impopular para la izquierda, la de que la mayoría de los individuos de esta sociedad, más o menos explotados, comparten en buena medida los valores de sus dominadores y que, por tal razón, están más sujetos al sistema por creencias que por una verdadera necesidad material. Millones de empleados obsesionados con pagar sus hipotecas, con pagar un montón de mercancías y servicios absurdos para ellos y sus hijos no pueden ser tomados en serio cuando se lamentan de las apreturas del sistema…
Frente a todo ello, nosotros hablamos de restablecer la vida humana en un marco de trabajo cooperativo, autogestionado, de hacer más sencilla la producción sin oponerla al metabolismo de la naturaleza, de recuperar saberes que pueden ayudar a la autonomía… Pero somos realistas: la mayoría de la gente no está dispuesta a reinventar nuevas vías, seguirán protestando y luchando, los que luchen, para consolidar y asegurarse las mismas cosas que les están esclavizando y destruyendo: producción nociva, alimentación industrial, trabajo asalariado, mejores sueldos, vacaciones pagadas, viviendas horrorosas, etc. No queremos convertirnos en cargantes predicadores de lo que la clase trabajadora tiene que hacer para salvar sus vidas. En nuestras vidas diarias seguiremos intentando ser coherentes –lo que no siempre es fácil– y seguiremos buscando el modo de establecer contactos con todos aquellos que han elegido ideas y caminos afines a los nuestros. Entre todos, tenemos que hacer un gran esfuerzo para preservar los valores de auténtica emancipación social de otras épocas, conjugándolos y contrastándolos con nuestras experiencias y conocimientos de hoy.
http://www.eutsi.org/kea/content/view/392/35/lang,es/
“El control invisible de nuestros cuerpos”
23 Septiembre 2008
En la carera desenfrenada por conseguir el control social absoluto, el poder potencia cada vez mas el desarrollo de tecnologías capaces de controlar los organismos a escala nanometrica, es decir a una millonésima parte de milímetro, al nivel de los átomos, de las proteínas, compuestos de carbono e incluso al nivel de ADN, la barrera entre lo interno y externo puede hacerse cada día mas difusa, y las implicancias de esta tecnología la base de este problema.
La nanotecnología1 atravez de la modificación de moléculas, átomos y partículas subatómicas, crea pequeñas máquinas. Mientras que la biotecnología manipula la estructura del ADN para crear nuevos organismos a través de la recombinación genética, la nanotecnología va más allá, “destruyendo” la materia en átomos para posteriormente unirlos dando lugar a nuevos materiales, literalmente creados átomo a átomo. Actualmente, la atención está puesta sobre el átomo de carbono, pero los científicos están interesados en tener control sobre cada elemento de la tabla periódica para utilizarlos en un futuro. Esto les permitiría combinar características (tales como el color, resistencia, punto de fusión, etc) en formas actualmente desconocidas.
La mayor parte de la investigación en nanotecnología está conectada con las investigaciones en biotecnología, en la búsqueda de la posibilidad de manipular los átomos a nivel biomolecular. Este es el origen de la nano-biotecnología. Los propiciadores de esta investigación han hecho públicas las muchas posibilidades que pueden alcanzarse al jugar con la línea entre la materia viva e inanimada a nivel atómico: plásticos que se autolimpian al ser la suciedad el alimento de las enzimas que los constituyen, alas de aviones confeccionadas por proteínas que funcionan como adhesivos si el ala se ve dañada y así la reparan, conjunto de átomos utilizados como alimento y bebida que son capaces de combinarse de varios modos para crear el alimento o la bebida deseada, ordenadores ultrarrápidos con circuitos basados en “esqueletos” de ADN2 , conductores eléctricos a escala nanométrica en base proteica- por ejemplo “plásticos vivos” construidos a partir de una bacteria manipulada genéticamente capaz de producir una enzima que los científicos afirman que puede polimerizarse 3.
La nanotecnología, asi como la gran mayoria de los nuevos avances tecnologicos de los ultimos 60 años -Agroquimicos, transgenicos, nuevos medicamentos, telefonia satelital, etc- han sido desarrollados primeramente por la industria militar, un claro ejemplo son los Sistemas Métricos Micrelectricos (MEMS) quienes fueron las primera nanomaquinas, las cuales son receptores/motores del tamaño de un grano de polvo, los cuales aun no tienen un uso oficial, pero son utilizados para estudios militares de vigilancia sobre campos de batalla, para recopilar información.
Siendo muy similar al “smart dust4” proyecto presentado como “comodidad” al poder esparcirse sobre las paredes de edificios, conectarse a la calefacción, aire acondicionado o al sistema eléctrico y encargarse de encender o apagar lo que sea cuando fuese necesario, este proyecto al igual que el anterior esta siendo investigado para potenciar sus aportes en vigilancia.
Uno de los artefactos nanotecnologios con mas posibilidades de control social es el Veri-chip, un producto de la compañía Applied Digital Solutions. Este chip es del tamaño de un grano de arroz y puede introducirse fácilmente bajo la piel, se programa para acumular información acerca de la persona en la que se ha introducido y establecer comunicación con un GPS (Sistema de Posición Global). Se presentó al mercado en abril de 2002. La compañía lo publicita como un método de almacenar el historial médico directamente en nuestro cuerpo y como un tipo de guardaespaldas electrónico para evitar los secuestros. Aunque la compañía CEO sugiere que el Veri-Chip puede resultar una gran alternativa a la “green card5” y también ha recomendado su uso sobre niños, ancianos y presos. Una tecnología como ésta con un gran potencial para el control social probablemente será introducida de forma creciente, hasta que sea considerada como algo normal, al igual que se ha hecho con elementos tecnológicos que hace menos de diez años nunca pensaríamos que fuesen “obligación social” en la actualidad.
Es fácil prever que este tipo de elementos espía, serán fácilmente introducidos en las practicas de control social, gracias al discurso de la inseguridad social, argumento que amplia las posibilidades de persecución, acoso y encarcelamiento de los grupos mas pobres.
El miedo por la seguridad de los niños, ya facilita el ensanchamiento de esta monitorización. Expertos y asociaciones de padres de Gran Betraña recomiendan que a todos los niños le sea insertado el chip después de que dos chicas fueron violadas y asesinadas en 2002. De esta manera todos los niños se convertirán en los guardianes del Estado/Capital y en sus aparatos tecnológicos de por vida. A partir de aquí la cuestión será : ¿Quién protegerá a los niños del ojo penetrante de sus padres y del Estado/Capital? ¿Quién protegerá a los niños de las redes ineludibles del control tecnológico?
La importancia de la investigación tecnológica para aquellos que tienen el poder, se hace evidente frente a la enorme apropiación de fondos invertidos en ella. El gobierno de los EEUU invierte de 600 a 700 millones de dolares al año en este sector. La Unión Europea también invierte cientos de millones de euros en esta investigación en la que intervienen multinacionales como Philips, Motorola, y STMicroelectronic.
Estos chips demuestran sólo una de las maneras en las que la micro y nanotecnología desdibujan la distinción entre lo vivo y lo muerto a través de la penetración de la máquina en un cuerpo vivo -el cibernético6 de la ciencia ficción-. Pero la nanotecnología va aún más lejos, con la creación actual de máquinas orgánicas a través de la manipulación atómica. Es aquí, con la creación de máquinas que parecen llevar a cabo funciones biológicas (como reproducirse así mismas utilizando métodos similares a la reproducción asexual de las células) es que estamos entrando en un terreno peligroso, donde las consecuencias aun son inimaginables, pero fáciles de apostar.
Aquí el papel de los expertos ha sido justificar el sistema tecnológico, para explicar como la generación de desastres es debido simplemente a incidentes aislados y un mal uso del recurso.
No podemos permitirles por mas tiempo tomar las decisiones sobre estos asuntos. Debemos recuperar nuestra autonomía sobre estos hechos, ya que pueden llevarnos en una dirección que ya conocemos claramente, y que no se presenta como un hecho a futuro, sino como un hecho latente y presente en el inmediato, ya que mientras otros elementos tecnológicos distraen nuestra vida, cientos de científicos planifican, estudian y diseñan biotecnomaquinas de control social, las cuales nos pondrían en una posición de absoluta servidumbre.
La oposición a estos últimos desarrollos tecnológicos no puede seguir el mismo camino que pasados movimientos de oposición, movimientos que intentaron dialogar con los amos de este mundo. En tal dialogo, los amos siempre ganan. Quizá en algunos lugares, las monstruosidades producidas por estas tecnologías han tenido que ser etiquetadas, así que tenemos una “oportunidad”. Pero a pesar de ello se han convertido en algo más de nuestra existencia.
La nanotecnología crea monstruosidades minúsculas capaces de horrores enormes, pudiendo llevar el sistema de control social directamente dentro de nuestro cuerpo. No podemos permitir que cada día se le haga mas fácil al poder el control sobre nosotros, y menos en estos casos donde el control es verdaderamente invisible ante nuestros ojos. Lo que queda es responsabilidad nuestra.
1 .-Ésta ciencia está desarrollando “máquinas vivas” . Diminutos robots, mitad célula, mitad circuitos, acoplables incluso a moléculas de ADN y por lo tanto, multiplicarse. Son las llamadas“nanomáquinas”. Son la base de una nueva revolución social y tecnológica, desde medicina, hasta computadoras que aprenderán solas y que crecerán a medida que lo hacen.
2 .-La nanotecnología está reemplazando a la microelectrónica porque aumenta la fiabilidad de la información que guarda, la capacidad de almacenar y disminuye ostensiblemente el tamaño de cualquier componente o equipo tecnológico.
3 .-Polimerizar: Conversión de una sustancía en otra cuya composición química es la misma, pero de un peso molecular mayor.
4 .-Proyecto “Smart dust”- Su objetivo es la creación de diminutos sensores mecánicos microelectrónicos inalámbricos (MEMS). Estos dispositivos pueden tener el tamaño de un grano de arena, a pesar de contener sensores, circuitos electrónicos, tecnología bidireccional de comunicación inalámbrica y un dispositivo que suministre energía. Controlan el suministro eléctrico de los componentes de un sistema para preservar la energía, obteniendo a su vez medidas de parámetros tales como temperatura, luz ambiental, vibraciones, aceleración, presión del aire, para procesar y almacenar de datos.
5 .-Green card: Tarjeta para inmigrantes residentes en EE.UU.
6 .-Cibernético: entrecruzamiento de persona humana y máquina.